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Mensaje por Sophia Lun Ago 02, 2010 5:49 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Y ahí saltando en puntillas con sus sandalias en una mano y con la otra agarrando la capa de Ioros venía Sophia, cuidadosa de que nadie la viera entrar a su habitación por la ventana trasera. El trayecto al parecer para pasar desapercibida no habia sido nada facil y había tenido que trepar algunas enredaderas y arbustos puestos fuera de donde dormia como muralla de decoración, que en ese momento sólo le causaba problemas.

- Que frío… que frió…. Snifff…snifff… que frío…. ¿Quién me manda a andar bañándome antes del atarceder?... Achu!!

Se agachó arrastrándose por el marco de la ventana y lentamente subió su cabeza para comprobar que no había nadie en la habitación. No sabía si Fye había vuelto de Roma, y si la veía mojada y con la ropa sucia, no sólo se ganaría un sermón, sino quizás la volvería a encerrar en su cuarto como ya antes lo había hecho… por el tema de Vergilius. Si había ganado nuevamente su libertad para ir y venir por la villa, era exclusivamente porque su primo no estaba en Roma… pero quien sabía que cosas podrían ocurrir ahora que las Legiones habían vuelto.


Abrió con cuidado la ventana y esta rechizó con un quejumbroso sonido. Pasó una pierna por el marco y luego la otra, para caer al mármol frío. Comenzó por sobarse los brazos para entrar en calor mientras caminaba con toda rapidez al fuego en medio de su pieza para calentar el cuerpo. Dobló con cuidado la capa de Ioros y la puso a secar cerca del fuego mientras se iba quitando el resto de la ropa. Las telas que envolvían su cuerpo iban cayendo una a una mientras se sacaba los grandes aros que tenía y los brazaletes que adornaban su piel. Muy pronto quedó desnuda frente al fuego, mientras intentaba recuperar calor. Se envolvió en la alfombra de la piel de un tigre blanco que había bajo ella y se quedo mirando el fuego un momento. Cuando se sintió en suficiente calor y vio que su cabellera trenzada estaba seca, caminó hasta el espejo, se sentó frente a él y comenzó a cepillar su larga cabellera.

Pocos minutos más tarde entró una de sus sirvientas quien la ayudó a vestirse como cualquier gran dama Romana. Joyeria, telas finas, pelo tomado y adornado en joyas con y una gran flor amarilla en el tomate en que habína recogido su cabello, dejando visible su cuello.

- ¿Podrías mandar a lavar la capa que hay junto al fuego? – Preguntó mientras se ponía agua de rosas atrás de la oreja. – El señor Ioros me la ha prestado y creo que se ensució un poco. Cuando este lavada y sin arrugas, ponganla sobre mi cama por favor.

- Enseguida. – Respondió y salió de la habitación la sirvienta.

Ahí quedo Sophia mirándose al espejo… tal vez vería a Fye durante la cena… tal vez no. Por ella hubiese sido feliz comiendo frutas sobre su cama desnuda sin tener que ponerse tanta ropa y aquellos apretados cintos en su cintura, ni aquella joyería que solo le tiraba y apresaba el pelo… pero tambien sabía que ese era el actuar propio de una dama, era lo que se esperaba de ella… y haría todo por traer honor a su hermano Fye que cuando se le viera, se sintiera orgulloso de que el señor Fye tuviera una hermana que fuera tan agraciada y virtuosa. Nada la haría mas feliz que ello.

Era la imagen de perfección que debía dar y no había nada más que hacer que sonreír al espejo mientras empolvaba su rostro en talco, después de todo debía honrar no sólo a Fye y a Gelum… sino que a Vergilius.

Se puso de pie y todas las joyas que llevaba puesta hicieron un sonido bastante armónico, mientras caminaba a cenar junto al señor Ioros y tal vez algún otro miembro de su familia.
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Mensaje por Gelum Jue Oct 13, 2011 12:15 am

Mientras me recostaba me dejaba llevar por las palabras de mi hermana, parecia ser que todo lo que me decia, me trasladaba hasta a ese lugar, como si en un solo parpadear estuviera ahora viendola a ella. Todo a su alrededor comenzo a quedar en blanco, mientras veia como sus labios se movian mientras me hablaba, ya no la veia como mi hermana, ahora, con la descripcion que me habia dado, me imaginaba mas a mi madre. Pero que pasaba en mi. Acaso al momento en que ella me tapaba de poco a poco a la cama, y mientras mi cabeza se juntaba con la de ella en la almohada, mi mente deliraba. Queria salir de aquel sieño, pero a la vez me resultaba demasiado hermoso.

No podia haber mas semejanza con mi hermana, todo lo que describia de mama, parecia el vivo retrato de Sophia. No pude evitar mas, y la abrace entre las sabanas. Mi manos manos tomaban su cintura mientras que mi cabeza, bajaba lentamente hacia su pecho. Solo asi podria descanzar...

Lamento haber dudado de nuestra madre, Sophia, sabia que en mi nacimiento hubiera estado ahi para siempre, pero el destino a sido cruel, y agradezco a todos los dioses por haber tenido a una madre como ella... Pero tambien le agradezco a ellos, por haberme dado una hermana como tu, que no importa que digas que no eres alta y bella, para mi tu seras por siempre, como la madre que no tuve.... Dije mientras seguia restregando mi cabeza mas hacia su pecho, no habia ningun motivo sexual el estar apretujandome hacia sus senos. Solo era un abrazo, que en ese momento no lo tomaba como un jugueteo entre hermanos.
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Mensaje por Sophia Jue Oct 13, 2011 12:56 am

Dejo que Gelum se acercara a ella en un abrazo. Hacía muchísimo tiempo que no sentía a su hermano menor comportarse de esa forma. Cuando tenía alrededor de 6 años y aún se pasaba a su cama cuando tenía miedo, Fye los había visto de esa forma y enfadado le había prohibido a Sophia que dejara que el niño se metiera en su habitación de noche y mucho menos para dormir con ella. Había dicho muchas veces que temía que Gelum saliera debil y mimado si Sophia lo único que hacía era consentirlo... por lo que, estar así con el como cuando eran pequeños era agradable.

Sonrió mientras ponía una de sus manos en la cabeza de Gelum y lo acariciaba con calma, esperando que el se acurrucara contra ella.

- Mañana... antes de irnos, vamos a llevarle girasoles. Le gustaban los girasoles...

Sophia miraba hacia la oscuridad de su habitación mientras tocaba el fino cabello de Gelum. Escuchar a los grillos cantar de noche y el fuego quemar la madera era agradable. No sabía cuando iba a volver a dormir en una cama comoda y calentita. Tal vez todo ese asunto de ir tras Fye era una estupidez, pero no podía quedarse quieta ahí sin saber que había motivado a su hermano mayor a abandonar la Villa y además, destrozar su entrada de la forma en que lo había hecho.

- A veces se me olvida al verte, que sigues siendo mi hermano menor. A pesar de lo mucho que creces. En un par de años serás tan alto como Fye... - Sophia se imaginó a Gelum convertido en un hombre, a Fye... y a ella aún ahí, sola. Por ser mujer, estaba condenada a estar siempre atada a su casa. - Mamá estaría contenta de ver en lo que se convirtieron tu y Fye...

No podía decir lo mismo de ella. No creía que su madre hubiese aprovado que se enamorara del hijo de su hermano, y mucho menos... que se hubiese comportado como una completa idiota por buscar la forma de estar con el, pasara lo que pasara.

- Estoy preocupada Gelum. - Sophia había intentado no pensar en el asunto todo el día pero le era imposible. - ¿Crees que estamos en peligro en Roma? - Pensar que no podrían volver a su hogar le partía el alma. - No... no me respondas... mejor dormamos... - Le dijo, sintiendo su mejilla justo sobre el corazón. - Mañana será un nuevo día.

Así, Sophia se acercó al rostro de su hermano y besó con ternura su frente, dejando que su aroma la impregnara. Cerró los ojos esperando quedarse dormida.
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Mensaje por Gelum Jue Oct 13, 2011 1:23 am

Me sentia a gusto en su regazo. A cada momento me hacia recordar como lo haciamos de pequeños. Siempre debajo de la cobija, jugabamos uno con otro. Inocentes siempre. Pero ahora estabamos ahi. Sophia convertida en toda una mujer. No la habia visto asi tan cerca. Ultimamente con todos los asuntos de Roma, nunca tuve un espacio como para ella. Solo me fui sin decir nada mas, mientras ella se habia quedado aqui. Por ello, la soledad quizas, la habia aorillado a caer en problemas tanto como Octavius, como con Vergilius. Era sin duda lo mas probable.

Aun seguia abrazada de su cintura, y aun acurrucandome entre sus senos, pero era extraña la sensacion, al incio no sentia nigun morbo, pero poco a poco, este fue incrementando. A mi hermana le habian crecido un poco. Su cuerpo se habia desarrollado increiblemente. Al principio entre todos estos drama, no me habia dado cuenta lo atrevido que habia sido. Mi cara se sonrojo un poco, pero no podia evitar sentir las manos de Sophia en mi cabeza. Mis cabellos eran urgados por los dedos de ella.

Vamos, Sophi, no digas mas, sabes que ella tambien estaria orgullosa de ti, no importa lo que haya pasado en el paso, incluso los problemas con la familia. Tu eres y siempre seras la cabecera de esta familia... Decia un poco sofocado, la reaccion de tener tan cerca su cuerpo de mi hermana, y tambien por el calor que producia al estar nervioso por lo ocurrido.... Ademas no creas que te dejare sola, crecere contigo, no importa lo que me pase a mi, quiero primero tu felicidad, para despues la mia hermana....

Lentamente recibi el beso, mientras que fui separando mis manos , para alejarme mis extremidades, pero mi cuerpo aun estaba cerca de la de ella, saque mi cabeza de la sabana que nos cubria. Di un suspiro al sentir la brisa fria por fuera. Sophia, tenemos que salir de aqui, despues de dejarle los girasoles a nuestra madre tendremos que partir...
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Mensaje por Sophia Jue Oct 13, 2011 1:42 am

Sophia había cerrado los ojos, acurrucando su cabeza contra la almohada. Estaba de costado, frente a Gelum que tambien se encontraba de esa forma, sólo que usando su pecho como apoyo. Estaba comoda así, calentita entre las cobijas con su hermano menor, luego de una de esas conversaciones de corazón a corazón, no había necesidad de palabras, bastaba la cercanía del uno con el otro.

Estaba quedandose dormida cuando sintió que las manos de Gelum la soltaban. Conociendolo, era posible que se hubiese acalorado por la cercanía con ella, o que tal vez, despues de todo, se hubiese puesto incómodo por la cercanía. Demostrar cercanía con ella era visto en esa casa como signo de debilidad y ni si quiera Fye era cariñoso con Sophia, tenían un trato bastante cortez y amable, pero nunca cercano a nivel físico de abrazarse, besarse o incluso tocarse. Por ello, entendió que tal vez a Gelum le pareciese inapropiado estar tan cerca, y lo respetó por ello sin decirle nada.

- Esta bien Gelum... nos iremos cuando tú lo digas... - Le dijo con la voz suave de alguien que siente los efectos del cansancio y el sueño. - ¿Estás incómodo no? - Le preguntó sonriendo con los ojos cerrados. - ¿Quieres que me mueva hacia el otro lado?

Su cama era grande, y era tonto que estuviese durmiendo apretados solo en un extremo cuando Sophia facilmente se podía correr hacia el costado opuesto, durmiendo cada uno en la mitad respectiva de la cama.

Pero no escuchó respuesta, pues se quedó dormida antes de que Gelum pudiese contestarle. Al día siguiente... partirían de Roma.
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Mensaje por Gelum Jue Oct 13, 2011 2:05 am

Hey, Sophi, hey.. dije mientras movia el hombro de mi hermana, que habia quedado en la misma posicion, cerca mio, trate de acomodar su cuello para que pudiera descanzar del otro lado. Al parecer las ultimas palabras junto con el cansancio del viaja habia hecho que mi hermana hubiese caido como tronco. Sin mas respuestas que el de sus sueños. Me levante un poco, casi quedaba fuera de la sabana tratando de mover todo su cuerpo, buscaba la forma mas adecuada de que se acomodara. No queria que mañana despetase con un dolor de cuello insoportable.

De poco a poco, fui moviendo su cuerpo, pero mientras hacia el procedimiento, vi como la luna parecia buscar el rostro perfecto para alumbrar con su luz que se colaba tras la ventana, la cara de mi joven hermana. Su brillo podria cautivar a cualquier hombre, y con ello tambien lo hizo conmigo. Mi corazon comenzaba a palpitar, mientras que mis manos se encaminaban hacia su cara. Mire sus pestañas cubriendo sus ojos. Latia mas rapido mi corazon, mientras bajaba ahora por sus mejillas. Su piel era tan tersa. Hasta que entonces me detuve. Mire esos labios hermosos que mi hermana poseia. Aveces me preguntaba que ganaban las parejas con besarse en la boca. O que hacia que un amante besara a su querido. Era una respuesta que aun no conocia. Esa sensacion no la habia probado algun, y como si se tratara de un juego. Comence a acercar mi rostro hacia el de ella. Primero di un beso en la mejilla, para ver que no se despertara. No hubo respuesta alguna. Espere unos segundos, mientras la veia. Me acerque ahora directo a sus labios, solo queria probar la esencia, pero no era por amor, o por hacerla sufrir, era mas por cariño y por experimentacion.

Roce ligeramente sus labios, para que al final se fusionaran en un beso, pero duro solo segundos, por mi falta de practica, y el miedo que se mezclaba en el ambiente. Me separe de ella. Aun con las manos temblorosas por lo que acababa de hacer. Tome su brazo, para despues su hombro y al ultimo su espalda, y poco a poco comence a moverla para ponerla al otro lado. Logrado mi acometido me meti entre las cobijas como buscando un escondite por lo que habia hecho, dandole la espalda. Me tape y espere un poco mas, ladee mi cabeza buscando ver su reaccion. Dormia placenteramente. Era un chiquillo malicioso, pero ello jamas lo sabria, eso seria mi secreto.

Cerre mis ojos buscando poder dormir, no pude, el aire se cruzaba por las ventanas, y con ello a mi cuerpo. Decidi que era mejor acurrucarme junto a ella. Asi que me voltee, y la tome de la cintura, la abrace con mucho cariño, y asi poco a poco, nuestros cuerpos compartiendo nuestro calor, pude dormir. Ya mañana seria un nuevo dia, donde nuevos retos tendria que pasar.
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Mensaje por Sophia Jue Oct 13, 2011 6:24 pm

Sophia despertó por la luz del sol que golpeaba en su rostro. Se escabullía entre la ventana. Era extraño, pues no recordaba haberse acostado de ese lado de la cama, y lo sabía bien pues siempre evitada dormir contra la pared precisamente para que el sol no la despertara.

Se fue desperezando lentamente y de pronto cayó en cuenta que habían unas manos alrededor de su cintura y sintió la respiración de alguien en su cuello.

<< Gelum… es sólo Gelum… >> se calmó al pensarlo, se le había olvidado por completo que Gelum se había acostado con ella la noche anterior y entre las conversaciones que tuviera de seguro se había quedado dormida. Lo miró sobre su hombro, durmiendo con tanta calma, que le rompió el corazón la idea de despertarlo. Se veía como un niñito aun cuando dormía.

Se sentó en la cama y sintió sus labios helados. Llevó una de sus manos hacia su boca sintiendo algo extraño ahí… como si hubiese restos de energía de alguien más. Miró a Gelum y se preguntó si tal vez mientras dormía le habría dado un beso de buenas noches. Era probable que lo hubiese hecho… Sophia sonrió mientras salía de la cama después de tapar a Gelum un poco para que no se enfriara con el fresco de la mañana.

No podía creer que esa sería la ultima vez que estaría en su casa por mucho tiempo. La mera idea la hacía querer llorar de nostalgia, pero no se lo iba a permitir. Se había hecho la promesa de ser fuerte y volver a sonreir, sin importar lo que hubiese pasado entre ella y Vergilius. Recordar su rostro, hacía que su pecho le doliese con una puntada certera y larga… una angustia que la acompañaba casi cada momento del día. ¿Dónde estaría Vergilius en ese momento? Sophia no lo sabía, tampoco quería saberlo a decir verdad. Sentía que si sabía que Vergilius estaba cerca se le rompería el corazón al darse cuenta que el no tenía ninguna intención de verla.

<< Hoy es el ultimo día… que estaré aquí. Quizás no volvamos nunca… quizás no vuelva a verlo… >>

Con ese pensamiento en mente, se sentó en su escritorio, sacó un pergamino, tinta y una pluma y escribió una carta. Se debe haber demorado alrededor de 30 mins en completar las pocas líneas que había escrito, y de ese tiempo, la mayoría lo pasó mirando el papel sin nada.

Se puso de pie, abrió la puerta y al encontrarse con Claudia le pidió que llevara dicho papel junto con su anillo a un mensajero y que le pagara 50 monedas de oro para llevárselo a Vergilius, fuera donde fuera que estuviese. Claudia le había dicho que estaba loca por pagar tal suma de dinero, pero a Sophia no le molestaba, y le respondió que debía asegurarse que ese anillo llegase a su destino junto con la nota.

Despues de eso, entró nuevamente a la habitación y miró a Gelum un momento.

- Gelum. Despierta. Ya ha amanecido. Debemos partir.
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Mensaje por Gelum Sáb Oct 15, 2011 1:25 am

Entre sueños parecia como si sintiera que mi cama se estaba moviendo. Entre sueños podia ver como una sombra se levantaba de la cama y comenzaba a alejarse. No le di mucha importancia a ello. Puesto que solo pasaron segundos para que de nueva cuenta, volviese a cerrar los ojos. Aquella noche habia dormido con mi hermana como siempre lo habiamos hecho. Ella al parecer no se habia dado cuenta de la travesura que le habia hecho ayer. Pero ahora solo me centraba en el sueño.

Divagaba un poco en mis sueños. Como seria poder ser mayor que mi hermana. Que travesuras hubiera podido hacerle. Tuve un sueño donde se cumplia mis castigos para mi hermana, los habia ingeniado tanto, que hubiera querido hacerlos realidad. Le amarraba su cabello de la cama, y asi cuando se levantara se daria un jalon de mechon. Sonrei con avaricia. O simplemente le desacomodaria con mi mano su cabello, hasta que no pudiera peinarselo mas.

Estaba entre mis planes maqueavelicos, cuando una voz nombro mi nombre, entre sueños podia escucharla claramente, poco fui abriendo mis ojos, y mis brazos se perdian entre las sabanas, pero no entre la cintura de mi hermana. Se habia levantado ya... Ohmm, Sophi, cinco minutos mas... Decia, aunque entre mis pensamientos paso lo que habia prometido ayer... Comence a levantarme de la cama poco a poco, quite la sabana de mi cabeza, y me alborote un poco el cabello, para despues pasar a los ojos, y dar un bostezo.

Ahmmm, te has levantado antes que yo... jum me pregunto que habras hecho desde ese momento....bostezo.
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Mensaje por Sophia Dom Oct 16, 2011 12:44 am

Sophia no respondió a la pregunta de Gelum sobre lo que había hecho. Sentía que había cosas que simplemente no podía contarle a su hermano menor, no porque no confiara en él, sino, porque cualquier mujer tambien tenía derecho a tener secretos dentro de su corazón. Esos secretos y dolores, eran una carga que debía llevar sola, no con él, no con nadie. Ya los había hecho pasar por demasiadas angustias por ello.

- Nada. Esperaba que despertaras para podernos marchar.
- Dijo Sophia mientras miraba su habitación.

Lo que realmente le preocupaba era la idea de tener que irse con las manos vacías, sin saber donde vivirían, ni que harían si no encontraban a Fye. Despues de todo, iban tras él para traerlo de vuelta, pero podía darse la situación de que necesitaran oro para sobrevivir, oro para comer, oro para poner un techo sobre sus cabezas. Suspiró y miró a Gelum con una sonrisa alegre.

- Fye nunca me dio dinero, todas las cuentas del hogar le pertenecían en ese aspecto... - Dijo mientras ponía un indice en su mentón a forma de pensar. - Pero... las joyas de mamá son mías, estan en mi ropero abajo de los libros de Socrates.

Caminó hasta el lugar y abrió de par en par la madera blanca Se veía dobladas muchisimas telas de colores que formaban parte de su vestimenta de togas y demases, de color rojo, amarillo, purpura para las ocasiones solemnes, blanco para los días de meditación y pureza... y tambien la tela naranja que pensó algun día usaría en su matrimonio. Bajo toda esa cantidad de ropaje, habían libros y más libros, pergaminos, escritos, papeles que Sophia leía en los días de lluvia. Y bajo todo eso, había una cajita de madera que Sophia se llevó al regazo y abrió con cuidado, para luego volver a cerrarla.

- Se que a mamá no le molestaría que las ocupe con un buen proposito... Con esto podemos comprarnos nuestra estadía en cualquier parte. Aún hay caballos en los establos... podemos llevar suficiente comida... espero que no nos falte nada. Le prometí que te cuidaría siempre y eso haré... no quiero que pasemos malos tiempos por mi culpa.
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Mensaje por Vergilius Dom Oct 16, 2011 11:26 pm

El camino a la villa había sido bastante corto técnicamente hablando, pero para Vergilius fue como recorrer las tierras bárbaras ida y vuelta por varias veces. Tal vez fueran las ansias, el nerviosismo, la desesperación, la jaqueca o simplemente, el miedo.

No recordaba haber tenido tanto miedo en su memoria, ni siquiera cuando se entrenaba exponiendo su vida o en el campo de batalla. Jamás, desde que tenía uso de la memoria, había sido un sujeto que le temiese a la muerte. Y siempre que fue enfrentado a ella, lo hacía pensando en que sus antepasados eran hombres gloriosos, y sin embargo, también su hora les había llegado. Si a él le tocaba morir, pues caería con la frente en alto y sin arrepentirse de nada. Ese era su ideal de muerte, morir por su nación y defendiendo sus sueños, como sería la tradición de cualquier glorioso guerrero romano.

No obstante la situación era muy diferente si a él le tocaba enfrentarse a la muerte de un ser querido. Lastimosamente para él, muchas veces tuvo que sufrir la perdida de personas importantes. Sus generales en batalla, como lo eran Breda y Noah, sus consejeros y camaradas de armas, yacían muertos. O al menos, dada las condiciones en que se encontraba en ese minuto, no podía sino considerarlos de otra forma. Mientras los recordaba, cerró sus ojos y les agradeció en silencio por su servicio, apretando ligeramente más fuerte las riendas de su caballo. Esperaba que hubiesen podido encontrar la paz junto a sus familiares en la otra vida.

Dio un giro, ya estaba cada vez más cerca. Podía oler el característico aroma de las flores que cuidaba con tanto cariño y afecto Sophia en su hogar. De entre ellas, la más característica era la conocida como “margarita”, que consistía en una flor de botón dorado con pétalos blancos. La verdad es que él de flores sabía tanto como un senador del honor en el campo de batalla, pero le era imposible olvidar como ella se tomaba el tiempo de cuidar y regar cada una de ellas cuando eran menores. Para Vergilius era un fastidio, aunque le sorprendía la paciencia y dedicación que su primera ponía en su cuidado. Las cuidaba mejor que muchas madres a sus hijos en Roma. Sólo por fastidiar, solía cortarlas y esconderlas, intentando que ella se molestase. Sin embargo, lo único que conseguía por lo general era hacerla llorar y al final, terminaba por dejarle todo el ramo a los pies de su cama. Eso, siempre y cuando fuese lo suficientemente rápido como para evitar todos los obstáculos que, desde siempre, habían existido entre ambos.

Se detuvo, levantó la cabeza y la contempló: la villa Vallis Mellitus. La observó con cuidado, y no pudo evitar notar que lucía más descuidada y desprotegida que de costumbre, lo cual por supuesto lo alertó de sobremanera.

¿Qué demonios ha pasado aquí? – Exclamó mientras echaba a andar sus riendas de nuevo, apresurando su corcel lo máximo que podía. La sola idea de que pudiese haberle pasado algo a… - No pienses en eso ahora… tienes que calmarte, tienes que calmarte…

Siempre ir allí era un trabajo no menor, cortesía de su primero poseedor de un ojo. Lleno de guardias, protecciones, trampas, restricciones… y un sin fin más de dificultades, que hacían que Vergilius se pasase la mayor parte del tiempo jugando al infiltrado, que estando con su prima. No obstante, siempre se las arreglaba para solventar todas y cada una de las pruebas que el destino le ponía. Gracias a ello siempre al atardecer, podía decir que nada ni nadie sería capaz de separarle de la única persona que le había devuelto la alegría de vivir, después de lo acontecido con Octavius.

Y esta no será la excepción… no importa quién demonios esté ahí.

Sus palabras iban con un claro receptor, que no era otro sino que el rival común que tenían todos los primos entre sí. Fye no toleraba bajo ninguna circunstancia que su hermana menor fuese cercana a Vergilius, Octavius, y hasta de sus otros parientes. Aunque por su edad, nunca había significado una molestia para Octavius, al marcharse éste y ser el rubio mayor, hubieron épocas en las que pasaron muchas semanas en las que no tenía noticias de Sophia, más allá de las típicas cartas enviadas a través de criados. Fue ese mismo alejamiento, el que en vez de debilitar su lazo, no hizo otra cosa sino más que fortalecerlo y, de paso, hacer que el joven hijo del difunto Emperador fuese capaz hasta de arrancarle un ojo en una disputa. Sólo por honor y Sophia no lo había matado, pero estaba seguro de que su cariño para con el rubio no existía. Si le tocaba encontrársele otra vez, y le seguía impidiendo el paso, no dudaría un instante en querer asesinarle. Dada las condiciones en las que se encontraba, hasta a Octavius lo hubiese asesinado con tal de volver a verla.

Entonces fue que llegó, y sin perder tiempo, tomó su espada y se bajó de un salto, dispuesto a dar vuelta toda la enorme casa con tal de encontrarla. Sus nervios aumentaban a medida que avanzaba, puesto que todo era un caos y se veía bastante más descuidado de lo habitual. Si algo tenía que reconocerle a los Juliai, era el hecho de que cuidaban muy bien sus pertenencias. No era normal que la casa estuviese, literalmente, abandonaba y sin limpiar. Era como si nadie la estuviese habitando, cuestión que por supuesto no le daba buena espina a Vergilius. Mientras corría por los pasillos, pensó en el hecho de que la mujer le hubiese mentido sólo por miedo, y quizás la carta tenía sus buenos días guardada… o tal vez semanas…


No… me niego a creerlo… - Se dijo a si mismo. - ¡Sophia!. – Comenzó a gritar, sin dejar de observar en todas direcciones. – ¡Sophia, ¿Estás aquí?!.

Sus llamados se repitieron uno tras otro, hasta que finalmente llegó a las proximidades de su habitación. Desde pequeño a Vergilius no le importaba escabullirse hasta su cama, por lo que no se iba a limitar a gritar en esa ocasión, menos con el apuro que traía de encontrarla pronto. Se acercó, abrió las puertas que fueron necesarias y….

Sophia… por fin te encuentro… - Comentó con una voz bastante particular, sin prestar atención en un primer instante al muchacho que yacía junto a ella. La sensación de alivio en su interior, era tal, que hasta su jaqueca desapareció por unos instantes. Y fue ahí, que pudo recordar las heridas de corte de vidrio que tenía en el rostro, manos y brazos… aunque tampoco le interesó. Ya nada le interesaba, sólo hablar con ella. En ese minuto era precisamente, lo único que lo mantenía con vida. Sin Octavius, sin la hermana de su madre, sin su madre, sin su padre, sin sus mejores amigos… todavía podía sobrevivir, todavía le quedaba una opción: Su persona más importante.
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Mensaje por Sophia Lun Oct 17, 2011 12:39 am

Estaba esperando a Gelum cuando escuchó gritos a la distancia. Alguien la llamaba a lo lejos, aunque se escuchaba despacio… por ahora quien fuera que la buscaba estaba a un buen trecho de su habitación, pero no por eso se sintió mas tranquila. Miró a Gelum poniéndose de pie de inmediato. Edward les había advertido no volver a ese lugar pues había gente en Roma que quería lastimarla. Sophia había decidido que eso no la asustaría, que volvería a su hogar a buscar a Fye pero al no encontrarlo, había terminado por convencerse de que, tal como lo había dicho su hermano menor, Fye había cambiado y tomado sus pertenencias para irse a Grecia junto con unos extraños criados que había contratado los últimos meses. Tanto era así, que la casa en su fachada estaba destruida y descuidada, como si ya no le importase cuidar lo que sus padres habían construido.

- Gelum… - Se puso delante de él. Le había dicho que de ahí en adelante sería ella la que lo protegería. – Quédate quieto, pase lo que pase. No viene por ti. – Sabía que su hermano intentaría tomar el rol del hombre protector de la casa, por lo cual tenía que actuar con rapidez para evitar un mal mayor, pues la voz se acercaba y ya no tenía dudas sobre quien se trataba. – Es Vergilius.

Eso no la tranquilizó. Pensó en la carta que le había mandado y se sintió estúpida de pensar que Vergilius dejaría que ella volviera al rumbo normal de su vida sin antes remarcar lo mucho que la odiaba y que le deseaba lo peor.

Sabía que las cosas entre ellos habían acabado… él lo había dejado claro. Pero con la carta sólo se despedía como la dama que era hacia una de las personas que más importancia habían tenido en su vida… Pensó que para el momento en que la recibiera ella estaría a cientos de leguas de Roma. ¿La habría recibido? Tal vez no. Tal vez que estuviese ahí era sólo una coincidencia más...

Ya no me digas nada Sophia, no me veas con esos ojos, no me hables con esa voz.

<< ¿Por qué? ¿Por qué tenías que volver aquí? >>

La puerta se abrió de golpe y ahí estaba, un tanto más pálido y delgado, pero era el mismo Vergilius o al menos lo fue por un instante en que pareció sonreír con los ojos, como si una gran carga se hubiese quitado de encima de él.

Sophia suspiró de preocupación al ver que estaba herido y casi se olvido de todo para correr hacia él y ver como podía aliviar esos cortes frescos en su piel…

Quiero que te alejes de mí, ¡No quiero volver a verte nunca en la vida! ¡Rata mentirosa!

Pero no podía hacerlo. No podía. Le había pedido que nunca más se acercara a él, no la quería ver, no quería estar con ella… por lo que Gelum había dicho la había intentado matar despues de eso, pero Sophia no recordaba nada de aquello... sólo podía acordarse del dolor, de las lágrimas y el enorme vacío en su corazón.

Pero si todo lo que había dicho Gelum era cierto... No entendía entonces que hacía él en ese lugar, a menos que hubiese decido matarla y finalizar con la deshonra que había causado.

Pensandolo bien, hasta piadoso era de su parte querer matarla para evitarle la deshonra de haber sido burlada. Había sido misericordioso al intentar matarla para que no sufriera de amor, que nadie la humillara en las calles de Roma indicandola con el dedo como aquella despechada que había muerto sola y virgen por un amor no correspondido.

Pero Sophia no deseaba morir. Tenía muchas cosas que hacer aún antes de ello. No dejaría que Vergilius le hiciera daño ni a ella, ni a Gelum...

Tomó el candelabro de hierro de su velador, aún protegiendo a Gelum con su cuerpo, y sostuvo con fuerza su improvisada arma, con las manos temblando. Abrió la boca pero no salieron palabras… lo miró a los ojos, pero no pudo sonreír. Sentía miedo… miedo de tenerlo cerca, y no era porque temía de que Vergilius la lastimara físicamente, sino, porque temía que volviera a lastimar su ya mellado corazón.

No me veas con esos ojos, no me hables con esa voz.


No le diría nada… no lo miraría si quiera.
En su rostro se plasmaba el dolor que estaba soportando su alma por tener que verlo ahí. Haría justo lo que él le había pedido en ese día en que había decidido romperle el corazón. Miró al suelo, miró a sus pies sonrojándose de tristeza como si fuera a llorar, sobrecogida por la angustia y el dolor... pero no lo hizo, ni si quiera somaron lágrimas a sus ojos. Se había prometido ser fuerte.

Quiero que te alejes de mí, ¡No quiero volver a verte nunca en la vida! ¡Rata mentirosa!

Eso era lo último que recordaba haber escuchar, y en ese momento escuchaba a gritos esas palabras en sus oídos.

<< Dioses ayúdenme… dioses por favor no me abandonen ahora. Dioses… por favor… por favor… denme fuerza para mantenerme en pie… denme fuerza para soportar esto con dignidad y orgullo… >>


Subió la mirada aun con el candelabro entre las manos, y mirando directamente a los ojos de Vergilius recordó que era una dama, que era una dama Juliai y que ellos no le temían a nada, ni si quiera a la muerte. Una Juliai no jugaba con armas sino con su cabeza, eran habiles en todo, habían sido educadas para que así fuera. Si tenía que morir, moriría con la cabeza bien en alto.

Bajó lentamente el candelabro, recuperando la postura al ver que Vergilius no se movía y que tal vez no querría lastimar a Gelum, ni si quiera a ella. Suspiró, dejó caer lo que sostenían sus manos y dándole la espalda a Vergilius caminó hasta el costado de Gelum, mirando por la ventana.

<< Darle la espalda a un invitado es una clara señal... el entenderá... el sabrá que quiere decir que haga esto. Lo estoy repudiando. Estoy rechanzándolo. Los dioses me protegen, los dioses no permitirán que me haga daño...>>

- Gelum, ¿Podrías ir a ver si esta todo dispuesto para nuestra partida? – Le dijo, aun dándole la espalda a Vergilius, con mucha calma, con la voz apagada. – Nuestro primo se ha venido a despedir de tí. Despídete de él y muestrale la puerta para que vuelva a Roma con buena luz. - Su voz sonaba lejana y distante.

Caminó algunos pasos y se sentó en el borde de la ventana, aun sin mirar a Vergilius, dandole la espalda, mirando el amanecer. Fue como si Vergilius no estuviese ahí, como si hubiese desaparecido de su cabeza y alma. Estaba nerviosa haciendo todo eso por mantener el nombre de su familia, pero sabía, que Vergilius no deseaba lastimar a Gelum. El asunto era con ella.
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Mensaje por Gelum Lun Oct 17, 2011 1:08 am

Voces a lo lejos se oian. Como si de un desquiciado se tratase. Cada vez se oia mas cercano. Los pasos, incluso la voz. Me levante rapidamente, mientras que sophia trataba tambien de protegerme. No sabia que tenia ya poderes, incluso me seguia protegiendo cuando aun eramos niños. Sin decias mas, solo pronuncio su nombre... Vergilius... Eso hizo que mi cuerpo se estremeciera. Era sin duda el sentimiento despues de haber recibido un ataque de lleno. Haciendo trizas por completo mi cuerpo, del cual solo quedaban cicatrices en mi piel y en mis pensamientos.

La puerta se abrio de par en par, mientras que sobresalia el cuerpo de aquel que todos llamaban Vergilius. De solo mirarlo, pude ver como en mi hermana producia sentimientos encontrados, como si a ella le hubiese afectado aquella noche, su ultimo encuentro con este, que no resulto mas que ser el portador del Dios del inframundo. Mire por ultima vez a mi hermana, portaba un candelabro que lo tomo como defensa ante el invasor. Momentos despues, lo bajo como resignada a lo que podia pasar.

Hernama... Solo pude susurrar, mientras que el aire se llevaba mis palabras. Escuche con cautela, mientras ella hablaba. Queria que me despidiera de aquel personaje, aprisione mi ira en un puño, mientras que mis disntes casi crujian. No me pidas eso... pensaba, mientras caminaba de poco a poco, hasta estar enfrente de el... Ya la has oido, sigueme.... Tuve que soportar todo aquel coraje, solo porque mi hermana me lo habia pedido...
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Mensaje por Vergilius Lun Oct 17, 2011 2:31 am

Escucha bien, enano. – Dijo una voz grave y autoritaria, que se paraba de brazos cruzados justo frente a un joven infante Vergilius, que miraba con pereza sentado desde una banca de madera. - ¿Me prestas atención o debo patearte el trasero para ello?

Te estoy escuchando… te estoy escuchando… - Contestó con flojera, mirándole estar de pie desde su posición en el campo de batalla. – Pero antes… dijiste que hoy me enseñarías algo muy importante…

Así es, eso dije.

Entonces… ¿Qué hacemos en el patio? Sin armas, sin implementos… sin… nada.

¿Y desde cuándo todo lo que te enseño se remite al uso de armas? Eres un enano, y bastante estúpido, todavía no puedo enseñarte más de lo que sabes en la batalla.

Bah… ya puedo sostener dos espadas.

De madera.

Siguen siendo dos espadas.

Repito, de madera. Ahora… ¿Vas a guardar silencio o no?

Vergilius se quedó callado y simplemente lo miró de mala gana. Había estado toda la noche emocionado por su nuevo entrenamiento, esperando las clásicas enseñanzas que podría otorgarle su hermano, el genio en la batalla. Toda la cena estuvo alardeando de ello frente a sus invitados – la familia de Solomon – y después hasta que supuestamente se había ido a dormir. Ni siquiera tuvo apetito, a medida que la hora señalada por Octavius se acercaba, las ansias eran más y más. No obstante, al ver que solo lo había llevado hasta el patio, sin equipamiento ni nada, su decepción y fastidio fue evidente. Ni siquiera se molestaba en disimularlo, nada más hacía caso para evitar que Octavius lo volviese a colgar de los pies hasta que se disculpase, como solía hacer cuando Vergilius se ponía pesado e irritante. Recién estaba creciendo, y ya creía saberlo todo.

El punto es que no sabes nada, enano. Crees que todo son espadas y derrotar enemigos del Imperio, pero la vida es mucho más complicada que eso. – Agregó un serio y formal Octavius, preguntándose si lo mejor era colgarlo de una buena vez.

Somos hijos de los emperadores… tú eres el mejor guerrero… papá es un buen guerrero, sus amigos son buenos guerreros… ¡Es obvio que yo debo ser un buen guerrero!. – Protestó mientras se paraba de la banca.

Para lo único que eres bueno es para causarme jaquecas. Sigue pensando así y serás el peor soldado romano de la historia.

Eso nunca, seré mejor que tú, ya lo verás.

Luego de que Octavius lo tomase de ambas piernas y lo pusiese de cabeza por un par de minutos, dejó caer al enano en la tierra en esa misma posición, sin molestarse en preocuparse si se había lastimado o no. Como era de esperar, Vergilius se enojó, cerró su boca y lo miró con cara de desear venganza.

Adoro cuando pones esa cara, al menos significa que me prestas atención. Bien… como te iba diciendo… debes aprender algo vital, que es responsabilidad del hombre mayor enseñárselo al menor. Me lo enseñó padre y ahora yo te lo enseño a ti.

¿Eh? ¿Qué cosa?


Mujeres, Vergilius. El oponente más formidable que enfrentes, será una mujer.

Tonterías… no saben pelear.

Nadie habló de pelear. Las mujeres son tan peligrosas y astutas, que no necesitan armas. Tienen cosas más poderosas que eso, y créeme, las usarán y caerás víctima si sigues portándote como un imbécil.

¿Entonces cómo peleo con ellas?

Con las mujeres no se pelea. Si peleas, pierdes.

¿..? – El rostro de Vergilius lo decía todo. No entendía absolutamente nada de lo que su hermano mayor trataba de decirle.

El truco es, precisamente, ése… pequeño idiota. Y a juzgar por el hecho de que sólo te juntas con Sophia, algo me dice que lo aprenderás con ella. Tienes mala suerte, es más inteligente que tú. – Comentó avanzando hacia delante, pasando por al lado Octavius y dejando sentado a Vergilius en su banca, quien se paró y le gritó a razón de su retirada. Su hermano simplemente levantó la mano hacia arriba, despidiéndose y metiéndose dentro de la casa. Con el paso de las horas, Vergilius supo que tenía que irse de misión y en realidad, jamás estuvo en sus planes entrenarlo. Sólo quería decirle eso.


Hasta entonces, jamás había entendido bien sus palabras.

Vergilius seguía mirando a Sophia, que se había ido a sentar a un lado de la ventana después de actuar de una manera bastante, bastante particular. No quería mirarle, ni siquiera le dirigió la palabra. En vez de ello le dejó el trámite al pequeño Gelum, que yacía tirado en la cama. Fue entonces que comprendió que si actuaba así, era justamente por lo acontecido en las montañas. Quiso decir algo, pero no pudo. Simplemente se limitó a bajar el rostro y mirar de reojo al más niño de los Juliai. Se preguntó si también lo odiaría, siguiendo la tradición de su familia. Aunque luego cambió la vista al piso y se quedó mudo por varios segundos, hasta que finalmente suspiró y levantó la cabeza de nuevo. Las palabras de Octavius tuvieron mucho sentido en su cabeza en ese instante, en el que por fin entendía a qué se refería su hermano al comentarle dicha información, por entonces, irrelevante y para él, estúpida.


Entiendo lo que estás haciendo… - Comenzó, después de haber respirado fuerte y profundo. El dolor de cabeza había vuelto, y con ello, sus energías iban y venían haciéndolo nadar en un mar de emociones. No sabía siquiera si sería capaz de aguantar.

La culpa le subía por los pies, le desgarraba la piel, le mordía las rodillas, le enterraba cuchillos en el abdomen, lo apuñalaba con lanzas en el torso, lo degollaba, pero sobretodo: Le hería el corazón. Sabía que le había fallado, tal y como lo había hecho con todos sus otros seres queridos. Era un karma que nunca podría perdonarse, no mientras los rostros de todos ellos lo siguiesen a todas partes. Ni menos, si cada noche recordaba lo acontecido en las montañas. Prácticamente le quemaba la sangre, sensación que aumentaba al presenciar la indiferencia de su prima. Sólo pudo atinar a tomarse la cabeza con una mano, mientras con la otra se apoyaba en una pared.


Te conozco… más de lo que imaginas. – Agregó intentando que la cabeza no se le fuera para todas partes. – Y sé que tú también a mí, por lo tanto, sabes que no voy a salir de aquí tan fácilmente. Y si te vas, te seguiré.

Decían que el silencio otorgaba, y por el hecho de que ella no hacía más que ignorarle y observar el amanecer, entendió todavía mejor qué es lo que debía hacer. No tenía otra alternativa, y no estaba para perderlo todo sin siquiera dar la batalla. La vida le había condenado al ser tan menor que su hermano, resignándose a escuchar de su muerte a kilómetros de distancia, sin poder defenderlo ni verlo en sus últimos minutos. En este caso, no permitiría que ocurriera lo mismo, no mientras tuviese las armas para evitarlo.

No me dejas otra opción…
- Comentó resignado, después de suspirar y cerrar sus ojos.

Posó su mano derecha en el mango de su espada, y sin perder tiempo, la sacó de su funda con mucha delicadeza. El filo era sencillamente hermoso, resplandeciente y demostraba lo bien herrada que se encontraba. Daba la sensación de que se alimentaba con los rayos del sol, provocando un brillo que incluso centelleaba más que éstos mismos en la habitación. Un espectáculo precioso, que era increíble fuese originado por un arma tan mortífera como aquella.

Gelum… - Dijo con voz seria y un tanto oscura. – Mira bien esta espada, es la mejor espada que verás en tu vida. – Dicho esto, la alzó sin dificultades frente a sus ojos.

Ha sido reforzada en Roma, Egipto, Persia, la India, y hasta en los mismos pueblos nórdicos. Si te preguntas con que… la respuesta es sencilla.

Nunca dejaba de mirar fijamente hacia donde Sophia, esperando ver una reacción de ésta.

Con sangre. Posee sangre de tantos enemigos, que para ser tan fuerte, supondrás no puede ser una espada común y corriente. Eso es porque es griega… ya nadie fábrica armas griegas. Para ésta, chocar con un arma tradicional es como impactar papel mojado. – Se entretenía jugando con ella, moviéndola lo suficiente como para que el menor de los Juliai la viera.

Es exclusiva… y además, representa mi autoridad como hijo del…- Hizo una pausa, le costaba decir las palabras venideras. - …difunto emperador. Supongo que lo saben, pero sino, les recuerdo que eso significa que es el símbolo de mi honor, lealtad, y amor por Roma. Es todo lo que me hace un general, un soldado, y un legítimo ciudadano romano.

Finalmente la lanzó al cielo y dejó que diera un par de vueltas, para después tomarla por sobre su cabeza.

Es una parte de mí, y sin ella, no soy nadie para este Imperio. No significaré nada para la nación, ni para mi familia, y no seré recibido ni por mis ancestros en el otro mundo. En otras palabras… mi mayor deshonra es perderla, y peor aún… ser muerta con ella. Los dioses jamás me lo perdonarían…

La guardó dentro de su funda y después se quitó precisamente ésta última, desabrochando el cinturón tras su espalda y tomándola con ambas manos. Luego, se la lanzó a Gelum con su diestra sin siquiera mirarlo.

Déjame a solas con Sophia, estoy desarmado, puedes registrarme si gustas. De todos modos si algo le pasa, puedes matarme con esa espada… ¿Sabes usarlas, no? Ya tienes edad para matar, y Fye estaría orgulloso que comenzaras a ser un guerrero cortando mi cabeza. No tengo armadura y en espacios cerrados, pelear contra ella es un suicidio… mírame, estoy herido y debilitado. Soy presa fácil.

Caminó unos pasos hasta donde estaba ella, dándole la espalda por completo al menor de cabellos celestes. Ya no tenía mucho más que decirle, aunque después de un par de segundos, lo pensó con más cuidado…

O mejor aún. Cuando yo salga, podrás matarme si gustas y quedarte con mi espada, y llevarle mi cabeza a tu hermano. Eso lo pondría feliz.

Se volteó y lo miró directamente a los ojos. Podía sentir la misma mirada que su hermano mayor en él, el mismo odio y la misma repulsión. No obstante, Vergilius simplemente lo miraba con indiferencia, y hasta con un extraño sentimiento de vacío. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, como para tener miedo de ser muerto en ese minuto. Después de todo, si Sophia se iba, él se moría en vida.

Te doy mi palabra de romano, cuando salga por esa puerta, mi vida estará en tus manos. Ahora por favor, déjanos solos.

No le importó darle la espalda en ese instante, a pesar de que en sus condiciones, era regalarse al enemigo. Lo único importante para él, estaba frente a sus ojos y buscaba su mirada. Nunca le había tenido miedo a la muerte, y aquella no era la excepción. En cambio, sí que le tenía miedo al hecho de volver a pasar por lo mismo que pasó con su hermano Octavius, de perder a un ser querido sin poder hacer nada.

Aunque dentro de él, algo le decía que si ella se marchaba, iba a doler mucho más que cuando pequeño…

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Mensaje por Sophia Lun Oct 17, 2011 10:42 am

Cuando Sophia era tan sólo una niña pequeña de no más de seis años, la soledad ya había caído sobre su familia. Su padre había fallecido por las rutas del comercio entre Persia, una venganza de los de oriente por la guerra entre Roma y aquella nación que parecía nunca terminar. Ni si quiera habían podido enterrarlo. Sophia nunca pensaba mucho en su padre, como sí lo hacía en su madre. Su padre era una figura lejana de cabellera rubia plateada azulosa, de elegancia inigualable, alto, regio, soberbio. Un hombre de hombres.

A veces Fye tenía un cierto aire a él. Gelum se le parecía mucho, con esa cabellera plateada y ojos turquesas. Pero quien más se parecía a su padre era Aspros. A pesar de que su primo tenía el cabello azulado, su distinción, su hablar y su presencia eran similares en gran medida a las de su padre. Defteros era distinto, a pesar de que físicamente eran iguales. El menor de los gemelos era más reservado, no tenía ese encanto que sí portaba Aspros.

Por algún motivo, Sophia se encontró pensando en su padre en ese momento mirando por la ventana, sobre todo la última vez que lo vio. Estaba sentado en un hermoso corcel café, cuya crin estaba adornada con plumas blancas y bronce. Llevaba su espada a un costado y conversaba con Fye algunas cosas. Sophia, pequeña y con el rostro redondo, con su cabellera roja desmarañada por la mañana, lo miraba desde su habitación al partir. Estaba resfriada, afiebrada, y su padre no había querido despertarla para despedirse, pero aún así… ella había salido de la cama para verlo partir. El hombre le hizo una seña con su mano y le lanzó un beso, para partir. Pero nunca volvió. Ni si quiera volvió su cuerpo o alguna parte de él. No sabían cómo había muerto ni en qué circunstancias… o tal vez Fye lo sabía y le había ahorrado el dolor de saberlo.

A esa temprana edad, Fye había tomado la responsabilidad de ser padre de Sophia y Gelum. A esa temprana edad se dedicó a llevar la carga del comercio de una Villa, de estudiar y de aprender a ser un guerrero. Era brillante llevando cuentas y sacando ganancias. Su padre era rico, les había dejado una gran fortuna atrás, sin mencionar que su madre había sido la única hermana del emperador Romano, económicamente hablando jamás les habría faltado nada, pero de algún modo Fye había logrado seguir acrecentando sus bienes, con la edad que tenía, sabiendo cómo ahorrar y aprovechar cada moneda de oro que llegaba a sus manos.

Un día, mientras cenaban en silencio los tres, Fye miró a Sophia a los ojos.

- Sírveme vino, Sophia.
– La chica lo miró extrañada. Hasta Gelum sacó los ojos los ojos de su plato de frutas y queso para ver a Fye con rostro dubitativo, sin entender que podría pretender con dicho requerimiento. Ellos tenían sirvientes, muchos de ellos a cada lado. Sophia no necesitaba haberse parado a servirle vino, era una dama, no una mucama. - ¿Escuchaste?

-Sí… perdón. – Respondió Sophia poniéndose de pie para buscar la jarra en la mesa continua pegada a la pared. Gelum hizo un ademán de pararse para haberlo hecho él mismo, pero Fye no se lo permitió. Lo miró con dureza indicándole sólo con los ojos que volviera a tomar asiento.

Sophia le sirvió vino en la copa lentamente, llenándola un poco más abajo del bordo. Dejó la jarra de vino en la mesa y antes de que volviera a sentarse, Fye le tomó el brazo.

- Tienes manos delicadas. – Expresó acariciando su piel con el pulgar. – Ojos hermosos, cabellera como el fuego, una figura exquisita y la sangre de los Juliai. Eres tan hermosa… tal como lo era nuestra madre...

- Gracias, hermano…
- Respondió confundida pero fue interrumpida.

- No he terminado de hablar. – Dijo con autoridad mirando en frente, ni si quiera la estaba mirando a ella. – Tienes 15 años ya, Sophia. Es hora de que vayas sabiendo cuáles son tus obligaciones para esta familia. Nunca antes sentí que necesitaras que te lo dijera. Siempre dejé que hicieras lo que quisieras porque sufrimos mucho al ser huerfanos a tan temprana edad. Te dejé vivir una infancia normal, tranquila, como madre lo hubiese querido. Pero creo que me equivoqué, debí haber sido más duro contigo y haber dejado claro mucho antes de hoy qué espero de tí. Naciste mujer, por lo cual jamás podrás sentarte en el senado como Solomon. Jamás podrás cabalgar por las rutas del comercio como lo hago yo. Jamás podrás tomar una espada y dirigirte a la guerra, como… Vergilius. – Antes del incidente, aún se podía nombrar a Vergilius en la mesa sin que estallara una discusión. – Tu única labor con esta familia, es casarte y tener hijos. Esa es tu labor con Roma, preservar la sangre Juliai.

- Lo sé hermano… quiero honrarte, de verdad que sí.
– Dijo Sophia sonrojándose, pensando que algún día se casaría con Vergilius y cumpliría con todo ello.

- No. No lo quieres. Se lo que esta pasando en esta casa. No creas por instante que me engañas. Todo lo sé. Mis ojos ven todo.
– Respondió con frialdad. – ¿Tienes idea de por qué se realizan en este lugar cenas, eventos de espada y arquería? ¿Por qué soporto a las personas de Roma de las cuales nuestra madre intentó alejarnos? – Fye la miró a los ojos. – Lo hago por ti. Lo hago para que encuentres alguien que te merezca. Lo hago para que te saques de la cabeza a Vergilius. Tú y yo sabemos, que jamás te permitiré casarte con él. No sólo porque no me agrada, no sólo porque creo que serías miserable con él, no sólo porque se que no te merece... sino que tambien por que son primos, son de la misma sangre. Nada bueno puede venir de eso. Sólo abominaciones... eres lo suficientemente inteligente como para saber que pasa cuando gente de la misma sangre se une, sólo hijos mentecatos, enanos, deformes...

- Lo sé. Sé que somos primos… pero… nuestra sangre se mantendría pura así, ¿No? - Sophia tenía la firme convicción de que podría hacerlo cambiar de parecer si Vergilius le demostraba que… que era un buen hombre. – Vergilius me ama, Fye. Yo lo amo a él.

- Amor… ¿Amor? – Permaneció en silencio unos segundos. - ¿Sabes por qué trabajo? – Le preguntó irritado, su mano estaba comenzando a apretar su piel. Sophia entrecerró los ojos en un gesto de dolor.

- ¡Fye! – Gritó Gelum poniéndose de pie, a pesar de ser menor, ver el gesto en el rostro de Sophia lo había alterado lo suficiente como para ponerse de pie. Pero para Fye, fue como si Gelum ni si quiera se encontrase ahí.

- Lo hago para pagar la dote más grandiosa que se ha visto en Roma para el hombre que elijas por esposo. Te mereces eso, y mucho más, Sophia. Debería ser lo contrario, ¿No? Alguien debería pagarme a mí por ti, y no creas que no ha sucedido ya. He tenido ofertas por tu mano que nos harían por lejos la familia más adinerada de Roma, y tal vez de todas las provincias. Sin embargo, quería honrarte pagando una dote historica, algo que hiciera que se escribiera en los pergaminos que Sophia Juliai era la mujer más codiciada y atesorada de toda la historia de Roma, para que el hombre que venga a pedirte sepa lo que tu vales. Pero no te he casado aún, porque confiaba hasta hoy en tu buen criterio para elegir un marido.

- Fye yo…

- ¡Cállate Sophia! Se que ha venido todos estos días a verte. Sé que se escabullen en los patios y te deshonra. – Sophia abrió ampliamente los ojos, tiritando. Pensó que había sido lo suficientemente cuidadosa para que nadie la viera. – Se que juegan a ser marido y mujer entre la maleza. ¿Creías que podías hacer algo como eso sin que nadie supiera en la Villa? – La soltó, tomó un vaso el vaso de vino y le dio un sorbo. - ¿Cómo pudiste Sophia? ¿Cómo pudiste deshonrar a nuestra familia de esa forma actuando como una mujerzuela?

- Fye… Vergilius me ama y yo lo amo a él. Jamás me ha tocado de la forma que insinúas… sólo pasamos el tiempo junto, lo prometo. Lo juro por los huesos de los Juliai…

- He prohibido la entrada de ese sujeto a la Villa. Te prohíbo que vuelvas a verlo de esa forma Sophia. Si lo vuelvo a ver en este lugar, lo mataré. – Fye la miró directamente a los ojos. Sophia estaba aterrada, jamás lo había visto hablar algo de esa forma tan déspota. – Y en cuanto a ti, sácate de la cabeza la idea de que serás su esposa. Olvídalo. Y si no lo olvidas te obligaré a que lo olvides. Si vuelvo si quiera a oír una petición de parte tuya de estar con él, tomaré tus cosas y te daré a las Vestales para que mueras virgen dentro de esas paredes. Prefiero verte morir virgen a que un desgraciado como Vergilius tome tu honor para luego burlarte como si fueras una más de las putas que se folla en los campamentos de guerra.

- ¡Fye! – Gritó Gelum nuevamente. - ¿Qué estás hablando? ¿Cómo puedes decir semejante cosa?

- Silencio Gelum. No te he dado permiso para hablar.

- ¡No me importa que me des permiso o no! ¡No te permito que le hables a Sophia de esa forma! – Gelum estaba enfadado, se podía ver como sus mejillas se volvían rojas de la rabia. Era su sentido protector hacia la persona más cercana a una madre que había tenido.

- Retírense ambos… no los quiero ver.


Sophia recordaba esa escena a la perfección. No tanto por la pelea, pues era común que Fye les diera sermones durante la cena por una u otra razón. Pero recordaba esa noche en particular por el hecho de que en ese día, Fye había perdido uno de sus ojos.

Vergilius había llegado a ella de noche, jugando a las escondidas en la oscuridad se había introducido por una ventana para verla y tal vez, escucharla cantar. Solía gustarle que le tatareara cualquier melodía hasta quedarse dormidos. Su “romance” no era físico, no era algo depravado o sucio, sino, algo casi infantil. Solían mirarse a los ojos mientras se tocaban la piel de los brazos, entrelazaban sus dedos, hablaban, leían, se abrazaban y apegaban sus cuerpos para buscar calor… siempre escondidos, sabiendo que sentirse de esa manera el uno por el otro, era algo malo. O tal vez… porque era algo secreto, un anhelo entre ambos que nadie más debía saber, un secreto de sus almas que los unía aún más.

Esa noche, sin embargo, Vergilius al escuchar que Sophia le decía que no podían seguir viéndose se había negado a retirarse. Sophia no lo obligó a irse tampoco y se acostaron juntos, abrazados sobre la cama, sintiendo el latir del corazón del otro. De alguna forma, se debieron haber quedado dormidos. Fye había ingresado a la habitación de Sophia con la intensión de disculparse por haberla tratado de forma tan brusca, pero cuando encontró a Vergilius en su cama, no había dudado en intentar matarlo. Pero había fallado… y quien casi había perdido la vida había sido él. Era por ello que Sophia recordaba aquel día, aquella cena en particular mientras miraba por la ventana. Había puesto en riesgo a todos a su alrededor tantas veces por ser caprichosa con sus sentimientos, había causado tanto dolor en aquellos que siempre la habían amado incondicionalmente.

- Gelum. – Dijo en voz alta, con suavidad. - ¿Podrías esperarme en la tumba de nuestra madre, como planeamos? Iré en un momento. – No se volteó. No iba a hacerlo. – El emperador quiere hablarme a solas. Y como toda Juliai, le debo obediencia al emperador, y tu también.

Con su tío muerto, por testamento Vergilius era el nuevo emperador. Octavius había perdido ese derecho al caer “muerto”. La sucesión estaba inscrita en el senado, era sólo cosa de que lo proclamaran, pero en los hechos, Vergilius era el nuevo emperador.
Pero dejó en claro que no lo recibía porque fuera su Vergilius, sino porque debía hacerlo, porque ahora él era el nuevo emperador.
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Mensaje por Vergilius Lun Oct 17, 2011 7:26 pm

Vergilius se cruzó de brazos esperando alguna respuesta proveniente del hermano menor de Sophia, aunque para su sorpresa, fue ésta última la que sacó el habla después de él. Continuando en su posición indiferente y apartada, simplemente exclamó unas palabras en voz alta, pero suave, en donde le daba indicaciones a Gelum. Nada fuera de lo común hasta que la palabra mágica llegó a sus oídos: Emperador.

Desde hacía un buen tiempo, que el punto de vista del joven de cabellos negros respecto a su herencia romana era ambigua. Por un lado sólo deseaba servir a su nación, tal y como se había educado desde pequeño, entrenando y estudiando todos los secretos de la guerra y sus estrategias para después disponer de dicho conocimiento en beneficio de Roma. Eran incontables las horas al día que gastaba empleando armamento de diversa índole, perfeccionando sus habilidades en la lucha, y cuando no, simplemente se sentaba entre los generales más experimentados – que con el tiempo, pasarían a ser sus hombres de confianza en un par de legiones – a escucharlos hablar y planear distintos métodos de asedio y conquista. Gracias a un consejo de uno de los ayudantes de su padre, había podido aprender que la mejor manera de aprender a surcar terrenos y derrotar enemigos en nombre del Imperio, era familiarizarse con todos los aspectos intelectuales de una batalla. Después de todo, la diferencia entre un general y un soldado común no era sólo el nivel de combate armado, sino la capacidad para ser un líder y guiar con inteligencia y efectividad a los hombres a su cargo. Primero fueron solo centenares, pero con el tiempo, dicho numero paso a cubrir miles y miles, hasta llegar a ser nombrado con el rango de máximo general de las fuerzas conquistadoras romanas. Título antes ostentado, justamente, por su hermano mayor Octavius y su padre, el César.

Sin embargo los logros de Vergilius terminaron por ser superiores a los de sus antecesores. El pueblo y el senado comenzaron a confiar en él y veían con buenos ojos a su próximo Emperador, en vista de la muerte del primogénito del César en vigencia. Para muchos, la señal de que el menor hubiese sido capaz de sobrevivir a pesar de su juventud, era una muestra de que su vitalidad podía imponerse ante la adversidad de la vida. No era tan grande ni daba la sensación de ser tan poderoso como su hermano, pero el hecho fundamental era que Vergilius se encontraba con vida, a diferencia de Octavius. Y por supuesto, les servía más un buen soldado que caminase entre los vivos que entre los muertos. Por ello el mayor pasó de ser llorado como un mártir a ser venerado como un antepasado: Ya no era necesaria su presencia, no con su hermano demostrando ser digno de, por lo menos, merecer la oportunidad de ser Emperador algún día, cuando ya el gran águila dorada de Roma volase más allá de los cielos.

No obstante nunca nadie se molestó en preguntarle a Vergilius cuál era su opinión respecto a ser el heredero – por emergencia en primer caso – de su padre. Aunque tampoco era un tema que hubiese tratado con cualquier ser humano. Desde siempre se le conocía como el hijo menos carismático de los dos varones del César. Mientras que a Octavius se le veía confrontando a hombres que lo sobrepasaban ridículamente en edad y experiencia en el campo de batalla, ver a Vergilius por ese entonces era una verdadera odisea. No solía salir mucho del Palacio real y si lo hacía, casi siempre estaba acompañado por algún miembro de la aristocracia – generalmente su madre – resguardado por escolta de guardias, carruajes y cortinas. Incluso por su diminuto tamaño respecto a su enorme padre y hermano, corría el rumor que el segundo hijo del César en realidad era una niña, y que por ello sólo salía con su madre en un carruaje que por lo general visitaba la casa de la familia Juliai, donde justamente, se sabía que habitaba la hija del jefe Juliai. Por supuesto que en el instante en que dichas ocurrencias llegaron a oídos del César, éste no vaciló en mandar a organizar una fiesta enorme para la clase más alta de Roma y así, presentar ante el público a su desconocido hijo menor. Obviamente no porque estuviese interesado en enseñar la enorme diferencia de físico y personalidad entre Octavius y Vergilius – grande y poderoso; pequeño y recatado – sino porque simplemente el padre de ambos resultaba ser un hombre con un orgullo casi tan grande, como toda la gloria de Roma hasta entonces.

Ese día fue especialmente ajetreado para el menor. Como nunca se le vistió con las ropas más imponentes que pudiese portar un infante y se le comunicó – ante las protestas de su madre – que pelearía con algún otro muchacho, sólo para demostrar autoridad, imponencia guerrera y que hiciera prevalecer la sangre del Emperador que corría por sus venas. Era una idea digna del Senado, y hasta el mismo Octavius se mostró en contra de obligar a Vergilius a participar en una pelea a su corta edad – a pesar de que él ya le estaba enseñando a pelear en sus ratos libres -.

Dado que al final era imposible ir contra el César, la cena se llevó a cabo y ambos fueron sentados a los costados más próximos de su padre, mientras que su madre optó por no asistir y marchó fuera de la ciudad esa noche, aunque según lo contado por Octavius muchos años después, había sido su propio padre el que, temiendo un bochorno de su mujer, simplemente la sacó del Palacio mientras durase la muestra en escena.

Como solía ser la tónica en esas fiestas para lucir a los hijos, todos los padres esperaban ansiosos la llegada de los eventos. Primero eran las artes, donde un arquero familiar de ellos se destacaba en particular. Luego fue la hora de los debates, siendo enseñados ante todos los nombres de dos jóvenes candidatos fijos al senado: Solomon y Aspros.

Entonces fue que llegó la hora de los combates, y para nadie fue una sorpresa que Octavius se diera maña de hasta vencer a pares o tríos de hermanos él solo. Ya poseía el tamaño de un adulto promedio, y era un verdadero toro empujando con el escudo y azotando con su espada, así fuese de madera. Después de su show particular, había llegado la hora de que el Emperador presentase al segundo de su linaje. Aunque para la impresión de todos, su oponente era un joven apenas menor por unos años que Octavius, sorprendiéndose incluso éste último por la decisión de rival que había tenido su padre. Al fin y al cabo, los objetivos de la fiesta eran tres: seguir demostrando que el hijo mayor del emperador era superior, presentar al menor y enseñarle al público si respondía a las expectativas de todos. Todo estaba premeditado minuciosamente por el César, por lo que la idea de enfrentar al niño a un joven adolescente, sólo podía ser suya.

Claramente la pelea no duró mucho, a pesar de todo el esfuerzo y terquedad mostradas por Vergilius; fue más llamativo para todos el hecho de que Octavius por un pelo y estuvo a punto de asesinar al rival de su hermano menor, preso de la rabia. Mientras se controlaba todo el alboroto, un iracundo Emperador tomó a su hijo menor y lo llevó a una parte alejada de todos.


Has deshonrado el nombre de tu familia, Vergilius. No eres digno de pertenecer a ésta, no siendo tan… común. Escúchame bien, tú nunca, nunca vas a ser Emperador, no mientras Roma sea Roma. De todas formas tu hermano está destinado para ese puesto, pero tú no serás ni la sombra de ello. Con suerte serás un soldado… eso si tu madre te deja hacer otra cosa además de llevarte a jugar con flores donde los Juliai. Me has decepcionado. No mereces llevar tu apellido, recuérdalo bien, no lo mereces… eres débil, y deberías ser fuerte. No eres digno de ser mi hijo…

“Has deshonrado el nombre de tu familia”

“No eres digno”

“Nunca vas a ser Emperador”

“No mereces llevar tu apellido”

“Eres débil”

“No eres digno de ser mi hijo…”

“Has deshonrado el nombre de tu familia… No eres digno… Nunca vas a ser Emperador…. No mereces llevar tu apellido… Eres débil…. No eres digno de ser mi hijo…”

“Has deshonrado el nombre de tu familia… No eres digno… Nunca vas a ser Emperador…. No mereces llevar tu apellido… Eres débil…. No eres digno de ser mi hijo…”



El rostro de Vergilius estaba helado por el simple hecho de recordar esa escena. Incluso hasta se había olvidado por unos momentos de todo el asunto con Sophia y su hermano menor. Superar ese capítulo de su vida, que marcaría un precedente negativo – más – en su relación con su padre, le había costado y demasiado. No obstante, nunca se lo había contado a nadie, salvo justamente la mujer que ahora tenía frente a sus ojos. Tan sólo había sido una vez, pero fue lo suficiente como para que nunca más tocasen el tema. Fue de las pocas veces que él lloró y fue Sophia la que lo consoló. Nunca quiso comentárselo a Octavius, puesto que sabía que él sería capaz de ir en busca de su padre, y no deseaba meterlo en problemas. Por mucho tiempo no se sentía parte de su propia familia, por lo que pasaba la mayoría de su tiempo al aire libre compartiendo con su prima y sino, con los animales del reino.

Hasta ese día, no podía estar seguro cuál de todas esas frases lo había afectado más. Pero lo único seguro es que desde entonces, nunca se sintió capacitado para ser Emperador y cuando la oportunidad se le presentó, prácticamente por obligación, fue que además sintió repudio por ello, puesto que la única base para querer ascenderlo al trono era la muerte de su hermano. En el fondo, sabía que si el muerto hubiese sido él, en vez de su hermano mayor, la perdida habría sido ínfima para el Imperio. Especialmente para su padre.


Me temo que me estás dando un estatus que no poseo. Yo no soy el Emperador…
- Contestó con voz bastante ida girando su rostro hacia la ventana, dejando por un instante de buscar la mirada de Sophia. –El puesto no es para mí, nunca lo he querido. No estoy hecho para ello y no es precisamente mi sueño.

Finalizó en seco y sin poder ocultar mucho la melancolía de sus palabras. Con los constantes dolores de cabeza, y las situaciones recién vividas, su tradicional seriedad y capa para mantener el mismo temple de firmeza se había diseminado.

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Mensaje por Gelum Lun Oct 17, 2011 7:55 pm

Jugueteaba con su espada como si se tratara de un simple objeto, y algo que se podia regalar de la nada, no aparte la vista ante el, estaba pidiendo tiempo con mi hermana. Me daba su espada como un intercambio por estar con ella, mientras que a mi hace tiempo habia impactdo contra mi todo su poder. Creia que podria cambiarme asi, tan facilmente. Queria incluso poder darle un golpe ahi, no me importara que se creyera el hijo del cesar, ni tampoco el mas minimo dios del inframundo, solo queria acabarlo ahi mismo. Estaba por hacerlo, cuando me lanzo su espada. La tome, con la mano derecha mientras no dejaba de mirarlo.

Sabes que me vale un comino tu espada, que se haya forjado en Grecia e incluso las vidas que haz arrebatado con ella, porque aunque mi hermana sienta algo por ti, incluso respeto, yo no tengo nada, ni respeto ni....

Iba a continuar hablando, pero entonces mi hermana pronuncio lo que para mi era de sorprenderme, Queria que la dejase sola con aquel hombre. No habia tenido ya suficiente con todo lo pasado, y ahora se iba a quedar a su merced... Cruji los dientes, mientras seguia guardarndome la rabia en mi interior. Que pensaba Sophia, que tenia en mente.

Tsk... Sophia, que crees que estas haciendo.....el ya no es mas el emperador entiendelo, apartir de esa noche en que te rapto... Vamos porfavor.... vas a olvidarlo ais tan rapido.... Parecia que mis palabras no harian mas que ser ignoradas. Tome la espada, y sali de ahi, ya habia tenido suficiente de ellos dos.
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Mensaje por Sophia Lun Oct 17, 2011 8:19 pm

Sophia escuchó las palabras de Gelum con el pecho apretado. Podía sentir la rabia de su hermano menor acumularse. Nuevamente, Vergilius la ponía en la posición de escoger entre él y su familia. Sí, Vergilius también formaba parte de dicha familia, como lo hacían Octavius, Lydia, Samantha, Richard, Solomon, Aspros y Defteros. Pero… Gelum era su hermano.

<< Ya una vez me hiciste elegir, entre mi hermano y tu, la noche que le arrebataste un ojo. ¿Por qué lo haces nuevamente, Vergilius? ¿Por qué me haces pasar por esto? >>

Sophia podría haberle dicho todo lo que su pecho guardaba. Habían de verdad tantas cosas… amor era una de ellas. Dolor era otra. Orgullo en ese momento, era la ganadora. Ni si quiera se voltearía a mirarlo. No lo haría por respeto a Gelum y por lo que le había hecho a ambos ese día de noche, intentando destrozarla con aquella energía que apenas recordaba… y la forma en que Gelum se había interpuesto para salvarle la vida, pagando con cicatrices el precio de ello.

- Si no eres el emperador…
- Murmuró, aclarándose la garganta. Le costaba mucho hablar. Sentía que un nudo se le estaba formando en la garganta. - …entonces, nada me obliga a quedarme aquí y escucharte. – Se puso de pie, frente a la ventana, aun sin mirarlo, siempre con la vista hacia el amanecer.

Sentía que el corazón se le rompía una vez más. Sentía que si pasaba un segundo más de silencio iba a quebrar su voluntad. Peor ya no era la misma niña de antes. Haber perdido la fe en él había vuelto su corazón dulce y alegre en algo más frío y lejano… algo que nunca se recuperaría del todo.

Silencio. Guardaba silencio en honor a Gelum y Fye. Los únicos hombres de su vida, en los únicos seres que podía confiar, pues sabía que ellos habrían dado la vida por su felicidad y por cuidarla. Y ahora, nuevamente estaba decepcionando a Gelum… no iba a permitir que su voluntad fuese quebrada.

<< Si miro atrás, estoy perdida. Sólo queda un lugar para mirar… adelante. >>

- De verdad lo siento Vergilius, perdoname por lo que diré. - No podía creer que iba a decir lo que diría. - Por favor, retírate de mi habitación y de mi hogar. Ya no eres bienvenido aquí Vergilius y te pido que no vuelvas.
Ya sabes dónde está la salida.
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Mensaje por Vergilius Mar Oct 18, 2011 12:18 am

Desde siempre, a Vergilius lo habían educado como un hombre que debía estar preparado para soportar todas las dificultades que encontrase en su camino. Y no precisamente porque fueran instrucciones de sus superiores, sino, porque la misma vida le demostraba día tras día que por muy hijo del Emperador que fuese, las cosas no le resultarían para nada sencillas. Después de todo ser la sombra del mejor soldado de todos los tiempos, no era una tarea fácil. No bajo la posición en la que él se encontraba…

Todo ocurrió la misma noche de la noticia de Octavius. Con el juicio totalmente nublado, un niño Vergilius simplemente corrió sin rumbo fijo hasta que sus piernas terminaron por provocar que se tropezase. Se golpeó con fuerza el rostro pero no sintió dolor por el golpe. Sólo tenía pena, rabia y mucha ira. Era incapaz de comprender cómo su hermano, su ídolo, su figura paterna… ya no estaba en el mundo. No podía concebirlo, simplemente era imposible que un sujeto como él hubiese sido derrotado. Se suponía que era el más fuerte de todos los tiempos, eso procuraban desde el más pobre esclavo hasta su propio padre, el glorioso César. ¿Acaso mentían? ¿Acaso todo el mundo mentía? O simplemente… ¿Todos le habían mentido a él? Pero si así fuera… ¿Por qué? ¿Qué razón podrían tener para mentirle a un niño indefenso?


Octavius….¿Cómo fue que perdiste? .- Se preguntaba con inocencia, aceptando poco a poco la terrible realidad que le tocaba afrontar. No lo vería nunca más, y por ende, todos aquellos buenos momentos e ilusiones que se había hecho, estaban acabadas.

Prometiste que me entrenarías… - Continuó mientras las lágrimas caían unas tras otra, en un interminable llanto de dolor en el que el frágil espíritu de un muchacho, simplemente estaba siendo destrozado parte por parte. – Prometiste que me enseñarías a pelear como tú…

Lentamente fue poniéndose de pie, sosteniéndose con ambos brazos. Le temblaban y mucho. Todo su cuerpo estaba tiritando, y no tenía ganas de nada más que llorar y correr. No se le podía criticar por ello, era un simple niño de cinco años que acababa de perder un compañero invaluable para siempre. Se sentía más solo que nunca.

Se supone que ibas a ver mi primer triunfo en una pelea. – Prosiguió enderezándose poco a poco, tenía todas sus túnicas manchadas con tierra. – Me habías prometido tantas cosas… - Bajo su rostro, totalmente resignado y simplemente siguió caminando. Entendía que era inútil seguir hablándole a la nada, puesto que nadie lo estaba escuchando ni lo iba a escuchar. Era la tónica que tenía en su casa cuando no estaban Octavius ni Sophia, puesto que a pesar que su madre intentaba acompañarle, no era lo mismo. Después de todo se trataba de la Emperatriz, tenía muchos asuntos más importantes que simplemente pasar tiempo con su hijo menos afortunado. Ni hablar de su padre, seguro que querría matarlo a él y usar su vida para traer de vuelta a Octavius. Era su preferido y se lo hacía notar cada vez que podía.

Fue entonces que se encontró justo a los pies de un lago, en el que solía jugar acompañado de su prima cuando las tardes de verano y primavera les eran provechosas. Caminó hasta la orilla de sus aguas, en silencio, todavía limpiándose las lágrimas del rostro. No sabía bien el porqué, pero deseaba estar muy cerca del agua en ese minuto. Le gustaba mucho la forma en que la Luna de la noche se reflejaba en las tranquilas aguas de ese estanque, le relajaba el ver su brillo, su color, su forma…

Sin embargo, lo que vio en esa ocasión fue muy distinto a lo que esperaba. Al asomarse pudo fijarse en sí mismo, vestido y todo, pero con un detalle bastante particular.: No estaba llorando ni tenía el rostro triste. Al contrario, sonreía de una forma muy… distinta a la sonrisa natural y espontánea de Vergilius.

Hola… Vergilius. – Para su asombro, su reflejo lo saludó desde el agua. Pensó en correr inmediatamente, pero antes de que pudiese hacer algo, la voz lo detuvo. – No corras, no huyas… ¿No te cansas de huir y correr? ¿Siempre vas a temerle a todo lo que no entiendes?.

El agua no habla… estoy soñando. Sí, esto debe ser un sueño. – La perspectiva de que todo fuese una pesadilla y en realidad Octavius estuviese vivo, alumbraron el brillo de sus dos ojos. – Hahaha… por poco y me…

No seas estúpido, Vergilius. Esto es tan real como el hecho de que tu hermano ya no volverá a estar contigo. – Declaró su otro yo en el agua, mientras lo miraba con rostro serio y carente de emociones, frío y sereno, muy distinto al asustadizo y tembloroso hermano pequeño de Octavius. – Estás solo Vergilius, total y completamente abandonado… sólo me tienes a mí.

Eso no es cierto... Yo… yo tengo a… - Pensar en su padre le hacía sentirse precisamente muy a la deriva, y eran pocas las ocasiones en las que podía reunirse junto a su madre. Sin su hermano en su vida, el corazón le dolió al darse cuenta de que sus palabras eran ciertas.

No tienes a nadie. Tú no formas parte de esto… dime, ¿Nunca has pensado por qué eres tan distinto a tu padre y a tu hermano? ¿Nunca ha pasado por tu cabeza la razón de que el Emperador de esta nación, quien se supone es tu progenitor, con suerte te salude a la hora de cenar?. – La voz sonaba tan segura y atrayente, que Vergilius no era capaz siquiera de meditar con claridad. De pronto todo comenzaba a darle vueltas en la cabeza, se sentía muy mal tanto física como mentalmente.

No…


Tú no eres su hijo, Vergilius. Ya te lo dijo una vez, ¿O acaso lo olvidaste? Esa vez, él no pretendía que tú salieras con vida. – Las imágenes de aquella fiesta en honor a los hijos de los altos cargos de Roma vino a su mente. Efectivamente, podía recordar tanto la lucha como las duras palabras del César. – Quería que murieras… por eso te puso un adolescente de la edad de Octavius. Si no hubiese sido por él… tú estarías muerto.

Los ojos del niño se abrieron de par en par. No podía creerlo, pero la verdad le golpeaba tan fuerte en el corazón como los golpes propinados por ese enorme muchacho en dicha ocasión. Ya decía él que no eran normales.

No llevas su sangre, no eres de su linaje ni del de nadie de esta familia. Tu madre perdió a su hijo en el parto, pero para compensar su perdida, el César mandó a buscar un muchacho a su natal Britania. Sin embargo… tu padre odia ese país, raptó a tu madre de allí. ¿Piensas que permitiría que un bastardo tuviese siquiera la opción de llegar al trono? Aún siendo un niño… debes comprender que no cualquiera puede ser Emperador.

El pequeño simplemente cayó arrodillado, sentía que la cabeza le iba a estallar. Mientras tanto, el reflejo en el lago únicamente sonreía, como si estuviese complacido de lo que estaba viendo. Disfrutaba con el dolor que le provocaba a su similar de imagen, aunque no podía explicarse muy bien la razón. Pero si algo era claro, es que a pesar de ser muy parecidos, eran totalmente distintos en su forma de ser.

Ven conmigo… no tienes a nadie. Tu padre nunca te querrá, sólo serías el Emperador porque murió tu hermano, no porque en verdad lo desee. Ese trono está maldito, sólo sufrirás y te sentirás más solo si permaneces allí… anda… ven…

Se acercó más y más al agua, extendiendo una de sus manos para tocar la propia de su reflejo. Sus ojos yacían bastante apagados, como si se estuviese acabando la llama que mantenía encendida su vida a medida que el lago estaba más cerca. Su otro yo tenía razón. Si no era parte de esa familia, no tenía nada que hacer allí. No le importaba a nadie, todos preferían a su supuesto hermano mayor. No era más que un bastardo innecesario que no extrañarían, no como a Octavius. Simplemente cerró los ojos por el cansancio, y se dejó llevar a la vez que su dedo tocaba el agua.

¡¿Qué es esto?! …
- El tipo materializado en el lago de pronto perdió su forma, transformándose en una sombra de ojos rojos que no podía estarse quieta. Las aguas se empezaron a mover de un lado a otro, totalmente precipitadas y descontroladas.

En ese momento no se lo había dicho, pero dentro de todo su miedo y confusión, pero si en alguien estaba pensando en ese minuto Vergilius, esa persona era la única que no lo juzgaba por su posición o esperaba demasiado de él: Su prima Sophia. Justamente, el último pensamiento profundo del joven hijo del césar antes de casi caer zambullido al agua.


Ya veo… con que eres tú. Maldita … debí suponerlo. Esa muchachita indefensa que lo sigue a todos lados… no podía ser otra sino que tú…. Athena.

Justo detrás de Vergilius, la imagen de una mujer de cabellos violetas y túnica blanca lo sostenía de caer al lago, abrazándolo por la espalda. No se podía divisar bien sus ojos, pero algo seguro es que estaba mirando fijamente a la sombra en el lago. Era un re encuentro de dos viejos conocidos.

Seguirme hasta otra época… relacionarte con el muchacho más puro… eres muy astuta. Puede que por ahora sea tuyo… pero en algún momento los separaré. Cuando eso pase… ni siquiera tú podrás salvarlo, Athena… disfruta mientras puedas… el chico no recordará mucho… no hasta que sea necesario.


Los ojos de Vergilius estaban inmóviles frente a las palabras dichas por Sophia. Ni siquiera parecía que respiraba bien. No se esperaba que eso ocurriera, a pesar de lo acontecido en las montañas, no tenía noción de que lo que le estaba pasando fuera cierto. De pronto, el dolor en su cabeza fue reemplazado por uno todavía más profundo y terrible, uno que tenía dentro del pecho cubierto bajo varias capas de años en los que mucho había pasado. Sin embargo, el que su prima le pidiese irse y no volver nunca jamás, era como si de un solo golpe todo ese dolor retenido hubiese salido a flote.

Desde que tenía uso de conciencia y podía diferenciar el rostro de las personas, Vergilius sabía que quería mucho a sus padres y a su hermano. No obstante, las sensaciones que sentía su cuerpo cuando estaba junto al de una pequeña de cabellos rojizos, eran sencillamente indescriptibles. Ignoraba la razón de su estallido de euforia interno cada vez que la veía, pero el hecho es que disfrutaba de su compañía casi tanto como la de Octavius. Era el complemento que le hacía olvidar los días en soledad esperando que su hermano regresase de alguna batalla. Y a pesar de que, como todo niño, solía portarse como un estúpido e hiperactivo bromista, reservado con sus cosas, ella tenía la facultad única de saber animarlo y reconfortarlo con acciones y palabras muy simples, pero significativas. Precisamente gracias a Sophia, fue que logró superar el trauma de haber perdido a su amado hermano.

Aunque lo más notable, fue que con el tiempo ella misma se hizo un espacio en lo que se llamaba su corazón. Por cuestiones de su lejanía con sus padres, el ser más afectuoso y preocupado por Vergilius resultaba ser su prima. Por ello, a medida que los años pasaban, no le importaba escabullirse después de los entrenamientos con tal de poder verla paseando y jugando en su campo de flores en las villas más ricas de Roma. Apenas había aprendido a montar, todos los días antes del amanecer y después del anochecer, se quedaba sobre su caballo observando justo a las afueras de la villa Vallis Mellitus, a la espera de poder verla así fuese a la distancia. Podía pasar horas allí, sin hacer absolutamente nada, herido o cansado, no tenía importancia. Su ritual sagrado era observarle, esperando poder verla asomarse en su patio o por su ventana. Cuando eso sucedía, tenía que controlarse por no querer cabalgar a su encuentro. No se llevaba bien con su hermano, y le constaba que éste último la maltrataba cada vez que estaban juntos.

Sin embargo, a pesar de que crecía y su vida iba tomando rumbo, aprendiendo sobre las enseñanzas de Octavius, Noah y Breda, incluso hasta de su padre que ahora lo consideraba, el sentimiento de querer estar con ella simplemente no cambiaba.

Todos sabemos que la extrañas, chico. Tenemos a los bárbaros controlados… ¿Por qué no vas a verla? Han pasado muchos meses. Y si sigues quedándote despierto mirando hacia la luna, tarde o temprano nos quedaremos sin general gracias a que se durmió en la batalla.

Prometí que cuando volviera, no me iría de nuevo. Si vuelvo a casa… no volveré a la guerra, y no puedo fallar a la memoria de mi hermano.

Si Octavius estuviese aquí, te habría dado una golpiza, amarrado a un caballo y enviado con un par de esclavos hasta Roma. Lástima que yo no puedo hacerlo porque me da flojera.

Ir y volver de las guerras era un proceso glorioso, sus victorias le habían llenado de honor y respaldo, y hasta su propio padre, siempre distante, ahora veía en él a un verdadero hombre de confianza. Nadie se explicaba cómo ese diminuto muchacho que había perdido de manera ridícula dicha pelea, ahora podía combatir perfectamente a la par de su difunto hermano. Sobretodo considerando que nunca dormía, salvo cuando su cuerpo ya no daba más.

Todo se lo debo a ella, Breda. De lo contrario no estaría aquí…

Al encontrar a su hermano vivo, sano y salvo, además de la alegría de por fin poder verlo y retomar su lazo, se sumaba una adicional: Ya no era necesario. Con sus tropas conquistando plenamente las tierras del norte, y la vuelta de una leyenda como Octavius, Vergilius podría dejar las armas y dedicarse a aquello que no pudo responderle a su padre en un primer minuto… a pesar de saber la respuesta…

Sí padre… hay alguien con quien quiero estar… ese es mi sueño.

Irónicamente lo era, puesto que cuando dormía, efectivamente sólo estaba soñando o con Octavius en su niñez, o con Sophia ya en su juventud. En memoria de uno y por la vida de otro, era que luchaba y no se rendía, sin importarle el dolor, la frustración, el frío, el hambre o cualquier dificultad que la vida pudiese asignarle. Desde el otro mundo un antepasado especial lo miraba combatir, y en Roma, la mujer que amaba aguardaba por su llegada tanto como él el volver a verla. Una vez que ya no fuese más un soldado, se retiraría de todo y la sacaría de la villa donde estaba enclaustrada, sin importarle pasar por encima de la aristocracia y sus tradiciones estúpidas.

Sabía que querer tanto a un miembro con su propia sangre no era natural, pero algo dentro de él le decía que no estaba cometiendo absolutamente ningún pecado. Al contrario… no podía sentir algo más puro, que los deseos de volver a verla. Sólo cuando pudiese abrazarla sin pensar en alejarse, es que podría decirle a todo el mundo que era realmente feliz, y su sueño estaba cumpliéndose. Después de tantos años de esfuerzo y dedicación, mientras entraba al Coliseo, sentía en su pecho el ardor de felicidad por creer en que ya no debería de volver a salir de Roma. Aunque en caso de hacerlo, estaba seguro de que no tendría que marchar en solitario…

Y ahora que por fin estaba frente a ella, solos, sin nadie que pudiese interrumpirlos…

No tienes que pedir disculpas por nada. – Contestó con una voz similar a la que poseía cuando niño, en la época en que su melancolía por la partida de Octavius estaba más que presente. – De hecho… soy yo quien debe hacerlo.

Estaba fallándole tanto a ella, como a su hermano y a su madre en ese minuto. A su madre porque había jurado nunca dañar a una mujer. A Octavius, porque le había prometido durante un año entero no volver a sentirse así de mal. Y a Sophia… sólo de pensarlo se le nublaba la vista, tanto que tuvo que bajarla por unos segundos mientras respiraba suave y disimuladamente.

Octavius… - Susurró para sí mismo, lo suficientemente bajo como para que ella no lo escuchase. – Lo supiste todo el tiempo… por eso me aconsejaste antes de partir.

Volvió a levantar el rostro y se podía notar como estaba de pálido, aunque sus ojos poseían unas ojeras bastante denotadas. Era como si de pronto hubiesen pasado todas las dificultades de su vida en un segundo, remarcando ciertos rasgos de su cara, sometiéndola a emociones que iban más allá del dolor común.

Tanto luchar para perder… a la única persona que no puedo dejar de...

No fue nunca mi intención causarle daño a tu familia… a ninguno. Pero ya no deberás preocuparte por ello, Sophia.

Después de declarar dichas palabras, se acercó hasta donde estaba y la abrazo, tal y como lo hacía cuando eran niños, jovencitos, jóvenes y finalmente, prácticamente adultos. Entonces acercó su boca a su oído… sólo para susurrarle sus últimas palabras.

No soy digno de volver a mirar tu rostro … está bien. Ya me has dado mucho más de lo que cualquier persona nunca me dio…
- Buscó entre sus ropas un objeto, que correspondía justamente al anillo que le había intentado devolver. – Esto te lo regalé… fue un compromiso…y aunque ello no se cumpla… es…. tuyo. – Lo posó justo en una de sus manos y usando las propias, procuró que quedase guardado en la suave palma de Sophia.

No hubo noche que no recordase el compromiso antes de ir a Germania… que no recordase tu rostro y tu voz, lamento haber ido. O lamento haber vuelto… y haberte hecho daño. Pero aunque no lo creas… y justamente el motivo por el que te… doy el anillo.

Su voz se cortó por un segundo. Sabía que ya no tenía mucho tiempo, además, dentro de su cuerpo algo lo estaba golpeando aparte del enorme dolor de su corazón. Supuso que sería la misma persona que, tomando posesión de su cuerpo, había provocado que llegasen a… eso.

Si no lo quieres puedes tirarlo… pero yo sólo puedo dártelo a ti… eres la única que me ha hecho feliz. Y de verdad espero que donde sea que vayas, ahora tú lo seas… te…

Se quedó callado. Quiso decirlo, pero sabía que si lo hacía, podría hacerle daño. Ante eso, simplemente le dio un suave beso en la cabeza, como solía hacer siempre cuando se despedían, anhelando el volver a tener un reencuentro. Después simplemente la soltó y se dio media vuelta. Suspiró una, dos, y muchas veces… pensando en que estar muerto, debía de ser mucho más fácil que eso.

Roma te necesita… yo te necesito. Pero si alguno de los debe partir, procuraré ser yo. Después de todo… no soy romano. Sin ti ya no tengo nada que hacer aquí...

Caminó hasta la puerta y tomó el pomo, pero antes de salir, se volteó para mirarla una vez más, entendiendo que sería la última vez que lo haría. Primero Octavius, y ahora Sophia. Definitivamente no estaba hecho para estar junto a nadie...

Cuídate… adiós.

Salió del lugar y un poco más allá vio a Gelum.

Esa espada… es de ella. Si algo le pasa a Sophia… si alguien le pone un dedo encima… incluyéndote… no vivirá para pedir perdón. ¿Me entiendes? Me aseguraré personalmente de ello… aunque si quieres matarme ahora, eres libre de hacerlo, no me defenderé. Tratos son tratos.


Procedió a caminar por el pasillo hasta la salida, sin decir nada más. Si deseaba quitarle la vida, bien podía hacerlo. Aunque la verdad, no es que su vida le perteneciese al hermano menor… sino, que siempre le había pertenecido, y siempre le pertenecería…

Sophia… te amo. – Pensó… era lo único que podía pensar.
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Mensaje por Sophia Mar Oct 18, 2011 6:19 pm

Mantenía fija la vista hacia el patio, hacia las rosas que su madre había plantado justo afuera de su ventana. Eran blancas, todas blancas… no eran como las rosas imperiales, sino más bien, enredaderas con pequeños botones que se iban abriendo de a poco. No eran mucho a la vista, pero durante la primavera, desprendían un aroma agradable que invadía toda las habitaciones del ala este de la Villa.

Escuchar la voz de Vergilius era más doloroso de lo que ella había pensando. Sostuvo sus manos entre si, apretándolas, tiritando al escucharlo. El deseo de haberse dado vuelta y corrido a sus brazos era muy grande, pero su orgullo lo era aún mas.

<< Me pregunto si alguna vez alguien habrá ganado algo por el orgullo… >> pensó con tristeza bajando el mentón. Esa era la forma en que Fye hubiese esperado que ella actuase. Esa era la forma en que Gelum hubiese querido que se comportara. Pero no era lo que ella deseaba. En el fondo de su corazón, sólo quería tener los brazos de Vergilius a su alrededor susurrándole que todo había acabado, que ya no tendrían que pelear nunca más, que estaba ahí para quedarse con ella para siempre, que se haría cargo de cuidarla hasta el final de los días.

<< ¿Por qué no soy más fuerte? … ¿Por qué no sigo a mi corazón y me olvido de todo lo demás? >>

El sacrificio. El amor significaba sacrificarse. El amor a su familia era motivo suficiente para sacrificar su propia felicidad, y también la de Vergilius. Su familia nunca le había fallado. Nunca habían abandonado la esperanza de que ella se convirtiera en una mujer de bien.

<< Tal vez no fue tu intensión causarles daño, pero lo hiciste. Atacaste a mi hermano y casi lo mataste… luego intentaste lastimarme a mi y Gelum me protegió. El daño que nos has hecho no ha sido sólo emocional, también físico. Ya no tengo motivos para seguir creyendo en tus palabras… Vergilius. Todo lo que sale de ti son mentiras para confundir mi corazón… >>

Fuerza. Debía tener fuerza para no hablar. Debía tener fuerza para no voltearse. No iba a hacerlo, se lo repetía en la cabeza una y otra vez. Sintio los pasos de Vergilius hacia ella y su respiración se agitó. No sabía si podría resistirse si lo tenía tan cerca. Respiró profundo, intentó dejar de temblar… pero cuando sintió la mejilla de Vergilius rozarle el costado de la cara para susurrar en su oído, tuvo que cerrar los ojos con fuerza para aguantar el dolor que aquello le causaba.

Cuando puso el anillo entre las manos de Sophia, y pudo sentir su calor… bajó el rostro y sintió como lagrimas recorrían sus mejillas. Eran silenciosas, orgullosas, pero llenas de dolor. Hubiese querido tener las manos de Vergilius cerca de ella para siempre.

<< Ya vete… ya déjame sola Vergilius… no me sigas lastimando… por favor… >>

Cuando sintió los labios de Vergilius en su cabeza, apretó los labios para que un gemido de tristeza no saliera de ella. No quería emitir sonido alguno. No quería que Vergilius escuchara su dolor. Sólo quería estar sola, sola… sola para siempre. Le había fallado, sentía que había fallado todo ese tiempo al hombre que prometió amar para siempre.
Aun lo hacía. Siempre lo haría. Lo amaba tanto que le costaba respirar en ese momento en que él se alejaba y le deseaba que se cuidara, para cerrar la puerta tras él. En ese momento, Sophia abrió lentamente los ojos y subió el rostro, para voltearse sobre su hombro y darse cuenta, que efectivamente, Vergilius se había ido.

- Vergilius… - Gimió con dolor, mientras sus ojos se achicaban y lagrimas empezaban a salir. Estaba llorando sin cuidado alguno ahora. Apretó el anillo contra su pecho y se acurrucó en la propia silla, llorando sin importarle si Gelum entraba o no. Quería estar sola. – ... ¿Por qué me haces esto?... ¿qué hice tan horrible para merecer esto de ti?

Sentía que el cuerpo perdía su tacto. Ya no sentía nada… quería estar sola. Quería llorar y estar sola. Quería llorar…

Quería ir tras él, pero sus piernas no respondieron.
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Mensaje por Vergilius Mar Oct 18, 2011 8:37 pm

¿Por qué estás llorando?

La voz de Vergilius era vacía y sin sentido claro, pero el hecho es que estaba devuelta en la habitación con los ojos llorosos. Se encontraba justo en el marco de la puerta, de pie, con una de sus manos puesta justo encima de su pecho, en la zona donde debía estar su corazón. Se le podía ver claramente agitado, como si de pronto todo aquello le estuviese causando más dolor del que podía soportar.

Todo había sido muy rápido pero intenso. Había caminado por los pasillos de la casona sin emitir ruido alguno, dirigiéndose hacia su caballo. No obstante, en el momento en el que se disponía a montar para partir, una fuerte puntada en su pecho lo dejó inmóvil por varios segundos. No pudo ni siquiera respirar, y sentía que el mundo se le estaba acabando más rápido de lo esperado. Alejarse de Sophia era la decisión más dura de su vida, y estaba dispuesto a enfrentar ello. Aún con todo el sufrimiento que ello le estaba trayendo, al ver como el motivo por el cual vivía se caía a pedazos sin siquiera oponer resistencia.

Entonces allí fue que lo recordó. El día en el que le juró amor eterno a su prima, el día en el que ambos se comprometieron antes de que Vergilius marchase a la ruta de guerra más peligrosa de todas: Las tierras bárbaras.

La había llevado a pasear por Roma, de noche, sabiendo que no sería fácil comunicarle que se embarcaría en la misma ruta que años atrás, les había arrebatado a Octavius. Desde aquel acontecimiento tan trágico, en toda la nación ir en búsqueda de esos terrenos era sinónimo de males augurios. Para los mismos altos mandos de Roma fue complicado el asignar un destacamento que marchase en ese rumbo, pero fue el mismo Vergilius quien, junto a sus dos más grandes generales, se ofreció a cambio de lograr encontrar la verdad en el fallecimiento de su hermano. No tenía miedo de morir, puesto que simplemente no iba a ser el destino que correría. Ya era un adulto y tenía muy claro cuales eran sus deseos. El primero era vengar a su difunto hermano y limpiar su nombre ante los ojos de los romanos, mientras que su segundo sueño, el secreto y más importante…

Quiero que te cases conmigo y marchemos juntos, Sophia. Seremos felices y te cuidaré con mi vida, lo prometo.

Esas fueron sus palabras justo en el instante en que le dio el anillo y la miró a los ojos como nunca antes lo había hecho, aguantándose las ganas de besarla en ese minuto. No era propicio hacerlo en ese minuto, puesto que sabía que si lo hacía, nunca más iba a poder separarse de ella de nuevo. Fue así como simplemente se quedó dormido con ella abrazándola, hasta que sus caminos se separaron al embarcarse el joven heredero al trono del Emperador en la empresa bélica más terrible y peligrosa de todas. Por supuesto, con una imagen de Sophia colgándole en su cuello.

Al recordar todo eso le fue imposible marcharse, no quería perderla otra vez. Tres años en terreno hostil y poniendo en peligro su vida constantemente, habían sido suficiente tiempo como para que Vergilius se diese cuenta de que no sería capaz de sobrevivir sin su amada prima.

Hace tres años marché y me arrepiento hasta el día de hoy… no pienso cometer el mismo error de nuevo. Eres todo para mí... – Le dijo sin siquiera darle tiempo a hablar, para después proceder a correr y abrazarla con fuerza.

Desconocía que podía suceder de ahí en adelante, pero lo único claro es que no estaba dispuesto a abandonar a su prima a su suerte. Iba a defenderla con su vida de todos y de todo, incluyendo su particular invitado que aparecía cuando estaba frente a un espejo. No le importaba el tener que tragarse el dolor y combatir los dolores de cabeza una y otra vez. Cualquier cosa era nada… lo único de valor era Sophia.

No me gusta verte llorar… no lo hagas, de lo contrario yo también lo haré y… sabes cómo detesto hacerlo.
- Finalizó con voz quebradiza, apretándola con fuerza contra su pecho, y entonces, entendiendo que ese dolor en su corazón… no era sino otra cosa, que el mismo dolor de Sophia. Ambos estaban conectados, incluso sin necesidad de expresar lo que pasaba por sus cabezas en ese minuto.
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Mensaje por Edward Mar Oct 18, 2011 9:00 pm

Corria por los pasillos de la casa, me eran desconocidos y me estaba llevando en parte por instinto y en parte por sentir el cosmos de Athena, un cosmos que durante toda mi vida habia sentido, pero no sabia como llegar a el, era como si hubiera nacido ya con esa cosmos dentro de mi, como si parte de Athena, estuviera ya conmigo. Habia vuelto a este mundo, con la intencion de proteger una vez mas a la diosa mas grande y bondadosa de todas, ahora en el cuerpo de una chica que estaba destrozada por muchas cosas que le estaban pasando.

Al fin llegaba donde estaba aquel cosmos, mi pecho seguia doliendome por la herida que se supone que ya tendria que estar cicatrizada hace tiempo. Y en la puerta de la habitacionde Sophia estaba Gelum, no entendia como es que el estaba fuera, tendira que estar sintiendo lo mismo que yo en este momento.

Gelum! Que ocurre???

Me coloque a su lado y mire a la puerta de la habitacion de Sophia, mi mano se fue a mi pecho de nuevo, y poco a poco se traslado donde estaba mi corazon, me dolia algo mas que la herida de Hades, me dolia el mismo corazon, y eso era, por que Sophia en ese momento, estaba demasiado triste. No entendia como podia sentir todo aquello, quizas era producto del cosmos, o puede.. que fuera algo mas, algo que tenia con Athena, y no se podia comparar a ninguna otra relacion en este mundo.

Athena... no llores... no sufras mas...

Queria entrar dentro, pero queria escuchar la razon de por que Gelum estaba fuera, y no dentro, de verdad estaba dentro Hades? o no era asi?
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Mensaje por Gelum Mar Oct 18, 2011 11:52 pm

Me detuve unos instantes mientras sostenia la espada de vergilius, iba a soltarla y dejarla en el piso, para que este luego la pudiera recoger y quedarsela. No me importaba si era de la familia del emperador, ni cuantos cuerpos habia desangrentado, para mi era una baratija. Cuando estaba dando los primeros pasos para marcharme, este salio, y mientras me veia pronunciaba una que otra incuerencia, como si de mi o de la vida de Sophia dependiera ese articulo.

Tu no eres nadie para decirme lo que tengo que hacer... Dije mientras di la media vuelta y pense de nuevo acerca de su oferta de matarle... No necesito que me des permiso vergilius, yo sabre cuando y como podre tener mi venganza, siempre y cuando mi hermana no se entrometa para salverte.... Era un poco distante, pero ahora, por arte de magia seguia hablando con mi hermana, que se traian esos dos, era como si existiese un vinculo mas que yo no sabia, que habian sido anteriormente.

Quede parado tratando de esperarla, habia prometido ir hacia la tumba de mi madre, pero no podria quedarme de los brazos cruzados mientras ese hombre estuviese ahi. En cuanto siento un cosmos conocido, era sin duda Edward, que llegaba, que al verme hacia un cuestionamiento... Ocurre que mi hermana a pedido que saliera de su habitacion, mientras ella platica con vergilius... Dije un poco enojado... entra si quieres a verla..... y me quede ahi, no queria que mi hermana me viera interviniendo en sus asuntos, ella ya sabia porque hacia todo eso.
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Mensaje por Sophia Miér Oct 19, 2011 1:02 am

- ¿Por qué estoy llorando? Mira lo que ha pasado con nuestra familia Vergilius… - Respondió Sophia con un gesto de dolor en el rostro. Era como si se estuviese ahogando y no pudiese hablar. - … mira lo que ha pasado con nosotros… - Bajó el rostro, siguió apegando el anillo contra su pecho atesorando el pasado en que todo parecía estar mejor. - mira mi casa…

La familia estaba destrozada. Sophia tenía el horrible presentimiento de que algo malo le había ocurrido a Richard y a Samantha. Los había visto en sueños, cubiertos de sabanas negras y caminando hacia un precipicio sin fondo junto con mas hombres y mujeres cubiertos en sabanas negras.

Octavius… estaba vivo. Pero no era Octavius. Era alguien más que la había tenido flotando sobre Germania en un sueño del que pensó no podría despertar. Pero la realidad era más fría… le había dicho que había escogido a ese hombre y él era el dios de la guerra. Sophia le creyó, y aún el recuerdo de aquello le traía pesadillas.

No sabía nada de Lydia hacia meses. De seguro, si Sophia le preguntaba a Vergilius por ella ni si quiera él, siendo su hermano mayor, le habría podido responder.

Aspros y Defteros estaban desaparecidos, y ni si quiera los había visto el día en que decidió darles una visita sorpresa.

Fye… se había marchado con un grupo de hombres hacia Grecia, sin si quiera preocuparse por ella o por Gelum. Su amado hermano mayor, la había abandonado a su suerte y le había dejado como legado un montón de ruinas y escombro. La Villa que en un tiempo fue conocida por ser la más hermosa de Roma, ahora no llegaba ni si quiera a la sombra de lo que alguna vez había sido. Toda su fachada estaba completamente destruida. Según Gelum, un grupo extraño de sujetos habían hecho aquello… y ese mismo grupo estaba ahora siendo liderado por Fye, como si le hubiesen lavado el cerebro. Era por ello que Gelum y Sophia habían tomado la decisión de ir por su hermano, pues ambos seguían creyendo en que eran una familia. Lo rescatarían, lo harían entrar en razón y volver a casa. Los unía la sangre, el amor y el deber. No podían abandonar a Fye en ese momento. ¿Pero por qué se iría Fye? ¿Tendría que ver con todas las cosas extrañas que estaban pasando?

Y Vergilius… él se había llamado a si mismo “Hades”. Sophia lo recordaba como un sueño. Pensó que había escogido ese nombre porque era el rey de los muertos y él al ser un hombre de guerra, tal vez… había pensando que ese seudónimo le era apropiado. Pero también recordaba que había intentado herirla, acabarla, la había llamado mentirosa, le había dicho que nunca la había amado y que no quería volver a verla. Le había roto el corazón y ahora volvía como si nada hubiese pasado.

- No me importó que te fueras hace tres años… - Susurró Sophia sin moverse mientras sentía que Vergilius la rodeaba con sus brazos. - Entendí que te tenías que ir, que era tu deber con Roma.

Sollozó con un gemido desgarrador. Su pequeño cuerpo temblaba entre los brazos de Vergilius por lo que sentía, era como si el pecho se le estuviese desgarrando.

- Te esperé…
- Dijo quejumbrosa y con una vocecita aguda mientras seguía llorando. - Te esperé cada uno de los días en que no estuviste. Recé por ti a los dioses. Lo hice porque cada vez que pensaba que iba a desfallecer de dolor y tristeza, recordaba tu sonrisa, tu voz, la voz que me decía que jamás me ibas a fallar, que siempre íbamos a estar juntos pasara lo que pasara, que me ibas a amar para siempre… - Le estaba costando hablar entre sus sollozos. De vez en cuando le costaba terminar las palabras y las cortaba porque su respiración se había vuelto anormal. Fue entonces que su voz se fortaleció, y todo su cuerpo se tensó con rabia- ¿Acaso se te olvidó lo que me dijiste en las montañas? ¿Acaso olvidaste que intentaste matarme a mí y a mi hermano menor? ¡¿Cómo tienes el valor de mostrar tu cara en esta casa?! ¿Es que no tienes orgullo?

Los puños de Sophia se apretaron, y sin darse cuenta lo estaba golpeando en el pecho con estos, de una forma casi patética pues Sophia tenía menos peso que una pluma, pero era el hecho de que se descargaba contra él por todo lo que le había hecho pasar esas semanas, golpeándolo y sollozando.

- ¡Por qué! ¡Por qué! – Le gritó. - ¡Te di todo! ¡Te amé toda mi vida! ¿Por qué….? – Su voz comenzaba a perder fuerza, a perder la esencia de Sophia… - ¿Por qué jugaste conmigo? ¿Por qué tenías que romperme el corazón?

Se quedó callada y dejó caer pesadamente los brazos, ya no lo estaba golpeando. Sólo lloraba…

Quienes conocían a Sophia, sabían que no había criatura más alegre que ella. Solía tatarear todas las mañanas antes del desayuno y saludar a cada una de las personas de la Villa con una gran sonrisa preguntándoles como habían dormido, como estaba la familia y que noticias había de Roma. Luego, se inclinaba con cortesía aunque no tenía que hacerlo, y seguía su camino. Se dedicaba a jugar de una u otra forma, a pesar de que era huérfana, a pesar de que en su hogar no tenía amigos excepto Gelum… Aún así, cada persona que veía a Sophia durante el día, sentía felicidad. Verla con su larga cabellera roja jugueteando al viento era refrescante, pues nunca había en ella una sombra de tristeza si quiera. Era como, si nunca hubiese conocido lo que significaba sufrir. Quienes la veían día a día buscaban formas de consentirla siempre, todos a su alrededor la querían, y por lo mismo… Vergilius siempre pudo pasar de una forma u otra a verla, pues todos en esa Villa querían verla feliz.

La mujer entre los brazos de Vergilius, estaba lejos de esa niña llena de sueños e inocencia, que traía alegría a las almas de todos que se le acercaban. Ya no tenía motivos para seguir sonriendo, Vergilius se los había quitado.

- Todo lo que hice… fue amarte más de lo que debí…¿Por qué dañarías tanto a alguien que sólo te dio amor?...
- Susurró dejando que su rostro descansara sobre el pecho de Vergilius, buscando la oscuridad de su alma… - ¿Por qué… por qué? – Seguía preguntándole mientras lo abrazaba de vuelta, sin dejar de llorar.

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Mensaje por Vergilius Miér Oct 19, 2011 2:57 am

Vergilius simplemente estaba escuchando callado, soportando el dolor que le producía ver a Sophia llorar de esa forma. Siempre había sido indiferente a las sensaciones de los demás aunque le preocupasen, y solía mantenerse en silencio cuando las personas a su alrededor solían demostrar sus más ocultos sentimientos. Era bastante malo manejando esos temas, puesto que desde pequeño él aprendió a ser recatado y guardarse para si mismo cualquier tipo de dolor o atisbo de sufrimiento. Desde la muerte de Octavius nunca nada lo había hecho sentirse tan mal… hasta ahora. Saber que por su culpa la persona más importante en su vida estaba sufriendo – y de esa manera – era simplemente insoportable. Aunque sabía que debía ser fuerte o de lo contrario iba a perderla para siempre.

Una vez que fue su turno para hablar, simplemente la acurrucó y esperó por varios segundos en los que sólo se preocupó de reconfortarla. Las palabras podían esperar un poco, más no las caricias que él sabía, sin importar lo que hubiese pasado, ella necesitaba.

Era una especie de pacto secreto entre ambos, y que se había desarrollado gracias a las particularidades de sus vidas. Los dos provenían de familias estrictas y con desgracias, en la que los cariños y el afecto físico eran un fenómeno bastante escaso. Por un lado Vergilius pasaba solo el tiempo entrenando y aprendiendo todo sobre la guerra, mientras que Sophia cuidaba de hasta el más mínimo ser vivo. No dejaba de ser llamativo el hecho de que a pesar de que sus aspiraciones y gustos eran muy opuestos – dar muerte y dar vida, respectivamente – cuando estaban juntos parecían complementarse como si fuesen el uno para el otro. No sólo en la forma que hablaban, sino que en todo lo que hacían, como si se llamasen constantemente cuando no estaban cerca.

Justamente había sido Sophia la que dio con Vergilius, aquella noche en la que el muchacho salió corriendo de su casa sin rumbo fijo. Aunque nadie se lo explicó, encontraron al desdichado niño tirado al borde de un lago, con evidentes signos de haber estado llorando y pasado una mala noche. La sorpresa era que a su lado estaba justamente su dulce prima, abrazándolo mientras dormían placidamente. Ninguno de los dos fue capaz de explicar bien qué pasó, por un lado el joven heredero sólo recordaba haber sentido una sensación muy cálida cuando la pena estaba acabando con él, que lo reconfortó a tal punto que simplemente se durmió a la intemperie. Por el lado de la princesa Juliai, simplemente se limitaba a sonreír y pedir que no dejasen huir de nuevo a su primo en las noches.

Desde entonces se formó un lazo en el cual sólo ella podía hacerlo entrar en razón y que entendiera las cosas, por muy duras que pudiesen ser. Fue ella la que se armó de paciencia para estar a su lado durante todos los meses en los que no hacía más que lamentarse y evitar al mundo, hasta que un día, desesperada por verlo en ese estado, le dio una suave bofetada mientras lloraba, que más pareció una caricia llena de energía. Sorprendido por ver el repentino carácter de su prima, Vergilius sonrió y posteriormente la abrazó, volviendo a reír después de la desgracia.


Te quiero Sophia… - Fueron sus palabras en aquel primer abrazo profundo, duradero y voluntario. Antes de ello se comportaba como cualquier niño, la trataba sin delicadeza y no tenía problemas en burlarse de ella cuando lloraba, recibiendo los posteriores regaños de Octavius hasta que se disculpaba. – No me gustan tus lágrimas… no quiero que vuelvas a llorar por mi culpa.

De ahí en adelante su relación si bien seguía siendo la de dos niños, Sophia tenía en conocimiento ser la única en todo Roma que sabía que si se acercaba a Vergilius, no iba a ser rechazada por éste último. En un comienzo le daba vergüenza ir tomados de las manos o abrazarle en público, pero con el tiempo se fue acostumbrando y no podía pasar un día sin acariciarle la mejilla, frotar sus manos, pasar sus dedos por entre su cabello o incluso, besarle la frente.

Recuerdo cuando me diste el primer beso en la mejilla… - Dijo mientras sus manos la mantenían apegada a él, y a pesar del terrible dolor en su pecho, respiraba relativamente tranquilo. – Me enojé y sonrojé tanto, que me quedé mudo sin saber qué decirte, por lo que me limité a observarte correr de un lado a otro persiguiendo mariposas… ¿Sabes por qué?.

Puso su mano en el mentón de Sophia y la separó suavemente de su pecho, bajando la mirada para poder buscar los hermosos ojos verdes que ella poseía. Una puntada más fuerte que cualquier lanza atravesó su corazón cuando la vio envuelta en lágrimas, e instintivamente, comenzó a limpiarle las lágrimas mientras que irónicamente de sus ojos empezaban a caer propias. Era la primera vez que lloraba frente a Sophia después de más de doce años, al menos de esa forma tan profunda y sincera.

Tenía miedo Sophia. Tenía miedo cuando sentí que habías traído paz a mi vida aún después de haber perdido a mi hermano. Tenía miedo de que fuésemos tan unidos, bien sabes que nadie se acercaba a mí. Tenía miedo de quererte más que a nadie…

Su dedo pulgar acarició una de las mejillas de su prima mientras le limpiaba el caminito de agua que había dejado una lágrima en su rostro. Con el agua en sus ojos, era ver más que nunca a un ángel. Era realmente un ángel, más hermoso que cualquiera de los que estaban esculpidos o pintados en obras de arte de propiedad romana.

Tenía miedo de quererte tanto… como para no poder perderte. En ese momento me di cuenta que eras la persona más importante en mi vida… y lo sigues siendo. Nunca nadie te ha arrebatado el lugar que tienes en mi corazón… en el corazón de Vergilius, nunca…

Poco a poco estaba comenzando a temblar, y aunque luchaba con la sensación para no preocupar más a su prima simplemente era algo que había escapado de sus manos. Su voz se tornó más entrecortada, invadida por la tristeza de verla sufrir de esa forma.

Mi corazón está tan roto como el tuyo… no, mi corazón está más roto que el tuyo, Sophia. Recuerdo lo que pasó en las montañas y simplemente… puedo decir que no era yo, no pude haber sido yo. Nunca antes te he levantado la mano… ¿Por qué iba a hacerlo después de que hasta nos…

Un fuerte dolor recorrió todo su cuerpo quemándole prácticamente desde la cabeza hasta los pies, poniendo especial énfasis en su corazón. Quiso arrojarse al suelo o simplemente cerrar los ojos por lo fuerte de la sensación, pero su deseo de conseguir que Sophia le creyera era más grande que cualquier otra cosa. Su afecto por ella podía incluso contra la inminente oscuridad que se almacenaba en lo profundo de su ser. Y aquello era porque básicamente, lo que sentía Vergilius por Sophia iba más allá de lo imaginable. Era toda una historia de vida, muchos años de sueños…

Prometí que nunca te besaría en los labios hasta que no fuésemos marido y mujer ante los ojos de todos… pero te extrañé tanto en el norte, que no pude cumplir mi palabra. – Hizo una pausa para respirar, sonriendo tímidamente al rememorar dicho momento, quizás el más feliz de su vida. – Todas las noches miraba la luna pensando en ti… buscando en ella el reflejo de tu sonrisa, de tu mirada, de tu rostro… eras la luz que me daba fuerzas para soportar todo lo que en una guerra se debe soportar…

Con su otra mano le acarició el cabello. Era una de las cosas que más le encantaba a Vergilius de Sophia, lo preciosa que era su cabellera. Podía pasarse horas sin decir nada, haciéndole cariño en el pelo mientras la veía dormir a su lado, sin importar el lugar en el que se encontrasen.

El mayor peligro que tuve en Germania no fue el frío, ni la nieve, ni los grandes bosques, ni tampoco los feroces bárbaros. Lo que más me dolía, era la idea de que te enamorases de otro… de que estuvieses con otro… de que me dejases de amar.

Finalmente sus dos manos quedaron sosteniendo el rostro de Sophia, y sus ojos se concentraron más que nunca en los suyos. En ese momento sentía que todo el dolor en su interior no era nada comparado a la majestuosidad de la mujer con la que estaba. Todo valía la pena con tal de poder verla… y aún más, de poder verla sonreír.

Cuando niño… descubrí que yo no soy parte de la familia, Sophia. Al morir Octavius corrí… corrí hasta que mis piernas no dieron más. Entonces apareció ante mis ojos un reflejo, el reflejo de mi cuerpo en el agua del lago donde nos bañábamos juntos. Esa noche… me dijo que yo no era hijo del César, ni hermano de Octavius, ni pariente tuyo ni de nadie. Y lo que fue más doloroso… me dijo que yo estaba solo, que nadie me quería y al contrario, mi padre me odiaba, me comentó que no me necesitaban aquí… y le creí… tanto que decidí seguirlo hasta el lago, aún sabiendo que podía ahogarme…

Nunca antes le había contado eso a nadie, ni siquiera a Sophia. Era su secreto mejor guardado y además, curiosamente no tenía conciencia de haberlo recordado hasta que leyó la carta de su prima, y la desesperación invadió todo su cuerpo.

Pero justo antes de caer al agua pude ver a un ángel que me abrazaba. No tengo muchos recuerdos de eso… pero sí sé una cosa… tú eras ese ángel que me salvó, Sophia. Y curiosamente… yo sólo pensaba en ti en ese minuto, te estaba llamando.

Inclinó un poco su cabeza para mirarla de mejor forma. Las lágrimas seguían cayendo por el rostro cansado, agotado y claramente golpeado por el dolor que poseía Vergilius en su interior. El hablar le era complicado a esas alturas, sonando su voz un tanto más contenida. No obstante, nada lo detendría en ese minuto.

No sé de dónde vengo… no sé quienes son mis padres… no sé porque la figura que me dijo eso, tenía la misma voz que yo poseía cuando te ataque. Sin embargo…debes saber que mientras mi cuerpo realizaba esa magia tan extraña, yo… estaba muriendo. Dentro de mi corazón, le gritaba a mi cuerpo que no lo hiciera, que por favor no lo hiciera… quise morir en ese segundo…

Tuvo que pestañear para poder controlarse. El dolor era tan intenso que le daba la impresión de que alguien le enterraba una y otra vez una espada en su corazón.

A lo largo de mi vida me costó entenderlo, puesto que nadie me enseñó lo que eso era - amor - . Yo no confiaba en la gente, pero sí confío en ti. No podía ser cariñoso con nadie, pero podría abrazarte hasta el final de los tiempos. Me gustaba la soledad, pero más disfruto estando contigo…

Su rostro se fue acercando al de Sophia muy despacio, aún con sus manos temblando, y fue que entonces entendió que no sólo estaba sufriendo. Además, tenía miedo. Tenía el mismo miedo que cuando pequeño… el mismo miedo de perderla y no ser correspondido.

No sé quién soy, ni lo que soy, ni el porqué hago lo que hago… mi vida tiene sólo una certeza….y aquella…es…que eres todo para mí… todo lo que tengo… la única verdad… es que eres la luna que ilumina la oscura noche que es mi corazón….que ilumina mi vida llena de mentiras… y no puedo vivir sin ti…… aunque parezca que todos, hasta los dioses quieren separarnos… si tú no estás prefiero morir.

Cerró sus ojos estando a escasos milímetros de ella. Tanta cercanía le provocaba cierta tranquilidad…

Lo único realmente importante y verdadero…es mi amor por ti… te amo Sophia.

Susurró en voz baja, para después proceder a besarla lentamente, y por un instante, olvidarse de todos los problemas entre ellos. Prefería morir antes que perderla.
Vergilius
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Mensaje por Sophia Jue Oct 20, 2011 4:25 am

Estaba sonrojada. Su relación con Vergilius era casi completamente platónica, por supuesto que cuando estaba sola fantaseaba como sería volver a besarlo, como lo habían hecho el día en que estaban en el Coliseo, o en su cabalgata funesta por las montañas, pero del pensamiento al hecho, las cosas cambiaban.

Comenzó a olvidar el motivo del cual estaba llorando, y también el dolor en su pecho comenzó a desaparecer, como si le hubiesen devuelto algo que había perdido hacía mucho tiempo atrás. Su confianza… ese carisma que tenía para todo lo que la rodeaba y la hacía ser la persona más alegre y bondadosa que el mundo hubiese visto hasta entonces, la pequeña Sophia. Pero ya no era una niña de por si, era una mujer. El tiempo se había encargado de ello, las experiencias de vida y muerte en que se había visto ser parte la habían vuelto de piedra.

Lo gracioso era, que mientras lo besaba, esa piedra se volvía un terrón de arena, y luego el terrón de arena sólo se polvía arena deslizándose por los dedos de Vergilius. Ese orgullo desaparecía, y lo remplazaba el rubor en las mejillas de Sophia que lentamente se separaba de Vergilius para esconder su rostro entre sus manos.

- Ay Vergilius, no deberías hacer esas cosas. – Estaba sonriendo y avergonzada y lo miraba entre sus dedos, era gracioso que sólo por un beso Sophia hiciera tanto alboroto. - Menos en mi habitación. – Su tono de voz sonaba como una risita, era su reacción a todo lo que le daba vergüenza, se comenzaba a reír de forma quieta, porque no sabía que decir y cuando se ponía realmente nerviosa comenzaba a hablar sin parar. - No es propio de una dama…

Pero lentamente, mientras dejaba de lado el rubor y volvía a enfocarse en todo lo que él había dicho bajó las manos de su rostro. Estaba mirando al suelo para evitar mirarlo a él. Eran muchas las cosas que había dicho, sobre todo sobre la idea de no saber quién era. Sophia también tenía esa duda desde la noche en las montañas, desde que Octavius la había hecho flotar en el aire congelado… no… nada hacía sentido en mucho tiempo, excepto aquel beso.

Lo miró con algo de duda en sus ojos, con un poco de nostalgia mientras dejaba de llorar y temblorosa, asustada por lo que iba a hacer, llevó sus dedos al rostro de Vergilius y le secó una lagrima que estaba cayendo.


- Yo temía lo mismo. – Su voz era suave. - Muchas veces Fye dijo que seguramente llegarías ‘con una pila de hijos naturales a rastras’… o… decía que llegarías dentro de algun cajón muerto. – Cerró los ojos apretándolos, como si recordarlo simplemente fuera una tortura. Pero era tan suave para decir las cosas que había usado la expresión hijos naturales en vez de bastardos. - La idea de ello me rompía el corazón pero. Yo sé que es lo que pasa con los hombres cuando se van a la guerra, no soy tan tonta. Sé que los hombres pueden morir en búsqueda de la Gloria, se que los hombres pueden enamorarse de mujeres del camino… dejar su semilla esparramada por el mundo. – Volvió a abrir los ojos. – Tambien temía que te olvidaras de mi, que vieras lo tonto que era querer casarte con alguien como yo, que era tan … simple. Esos tres años me prometí a mi misma que, que sería lo que debía esperarse de una esposa Romana, de una dama. Visitaba a las esposas de los senadores y las miraba, la forma en que hablaban , la forma en que mandaban a sus esclavos, como los azotaban si se equivocaban en cumplir sus deseos, la cantidad de maquillaje que usaban, la forma en que amarraban su cabellera, como trataban a sus invitados, la forma en que comían y bebían. Fue un desastre, Vergilius. – Sophia sonrió y retiró la mano del rostro de Vergilius.

Se sentó con calma sobre los almohadones que habían en el marco de la ventana, lugar en que se acostaba/sentaba en las mañanas y tardes para leer, aprovechando la luz, y además mirar el patio. De hecho, eso estaba realizando en ese instante, perdiéndose en sus memorias mientras observaba afuera.

- Un mes después de que marchaste empezó mi búsqueda en ser una dama romana, digna de lo que pensé que sería lo que tu querías de una mujer romana, de lo que te merecías.
– Sonrió un tanto avergonzada. – Fue todo un desastre Vergilius. Prometí que nunca lo sabrías… - Era realmente un secreto para ella. – Ni si quiera se por qué te lo estoy contando… - Mantuvo silencio y cerró los ojos recordándolo. – La primera vez que llegó Claudia con con una tasa de moscas muertas y hormigas molidas, sentí tanto asco que pensé iba a vomitar. “Tienes que unir tus cejas de alguna forma, así lo usan las damas romanas”, dijo ella. Cuando me puso la mescla entre las cejas, nos dimos cuenta del gran fallo de su plan. Mi cejas eran rojas… la pasta esa no. Me vi tan ridícula… que no supimos que hacer. Lo peor vino después, claro, cuando intentó ponerme la base para blanquecer mis mejillas… se hacía de yeso, harina de habas, tiza y albayalde – Contaba los ingredientes con sus dedos. – cuando me lo puso, sí, se veía lindo. Parecía un ratón blanco, pero era como lo usaban las hijas de los senadores. Claudia me pinto la boca de carmesí, con ficus. Me puso hollín bajo los ojos para perfilármelos, y me pintó los parpados con ceniza. Me tomó todo el cabello en un gran tomate que me tiraba la frente hacia arriba y ni si quiera podía pestañar. El resultado fue una hora de belleza camino a ver a la señorita Nia, cuando de pronto… me comenzó a picar el rostro y a arder. Pasé un mes con ronchas en el rostro. – Sophia sonrió, recordando como se había reído Gelum de ella cuando se sacó toda la mezcla de cosas asquerosas de la cara y descubrieron que estaba llena de ronchas rojas, como si la hubiesen picado abejas. – Después vino comer comino, Nia me lo recomendó para blanquear el rostro sin maquillaje… pero sólo logre enfermarme. Pase 3 días sin poder comer nada y una larga visita al médico, mientras Fye me decía lo estúpida que había sido por comer cualquier cosa que me daban. – Hizo una pausa, mirando como el sol se alzaba sobre los árboles ya. – Después de eso, entendí, que no podía cambiar la forma en que me veía, pero al menos si la forma en que me comportaba. Dejé de salir el patio todo los días y comencé a cuidar de que mis uñas no estuviesen llenas de tierra. Alejé a mis hermanos y empecé a responder de forma más fría y lejana. Ya no los abrazaba todo el tiempo, no lloraba, intentaba no reírme muy fuerte. Pero me agotaba… la mayoría del tiempo ni si quiera podía pedirle a nuestros sirvientes que me trajeran cosas de forma seria, porque… eran como mi familia, no los podía tratar como se trata a esclavos. Me resigné, y entendí, que por mucho que me esforzara, era probable… que nunca pudiera ser lo que se pedía que fuera. Que tal vez Fye tenía razón y lo mejor para mí sería ser una más de las Vestales. – Movió lentamente su rostro y miró a los ojos de Vergilius, buscando su mano, entrelazando sus dedos. – Pero estuve tan feliz, el día que te vi, de darme cuenta que seguía gustándote tal como era. Cuando Fye me golpeo en el mercado… entendí… que no encajo aquí. Creo que todos sentimos que no encajamos en ninguna parte. Fye quería que fuera como cualquier dama romana, yo sólo quería ser… lo mejor que podía ser para ti.

Aún recordaba con dolor el golpe que le había dado Fye en las calles del mercado, por haber ido a dar una vuelta junto con Vergilius. Era difícil poder entender a su hermano muchas veces, pero otras no. Sabía que esa conducta lo había humillado y avergonzado. Le había dado la orden directa de no volver a ver a Vergilius y, cuando los vio tomados de la mano, obviamente había colapsado.

Pero eso era parte del pasado. Sophia inspeccionó los ojos de Vergilius y se dio cuenta que la persona que estaba parado frente a ella, tomando su mano, era quien siempre había sido su primo. La persona más especial en su vida.

- No…. No eras tú. En las montañas… – Susurró Sophia mirándolo a los ojos mientras sus labios se despegaban. La persona que estaba frente a ella, ese era el Vergilius que conocía y recordaba. Pero también lo había sido en las montañas mientras cabalgaban hasta que cayó pesadamente del caballo.

<< Pero… Si no eras tú… ¿Quién? ¿Qué te está pasando Vergilius? >>


Sintió un vacío en el estómago. Un fuerte vació como si todo se le estuviese revolviendo. Le creía, le creía cada una de sus palabras pues sentía como si fuese el mismísimo corazón de Vergilius el que hablaba.

- Dices que no sabes quién eres, yo te digo que eres Vergilius de la casa Juliai, sobre cuyos huesos se forjaron las siete colinas de Roma. – La voz de Sophia no sonaba tan infantil como siempre, como si alguien más estuviese hablando por ella, con la fuerza que poseía dentro de su pecho. - ¿De dónde vienes? De Roma, del Tiber, de sus valles, de su mar. Vienes de la sangre y el fuego que expulsó a los Etruscos de nuestra tierra. – Se puso de pie, apretó su mano con determinación. - ¿Qué eres? Eres Roma. Tú… eres la gloria de Roma. Eres el águila dorada que protege a nuestro pueblo. – Tomó su otra mano, entrelazando sus dedos con cariño. - Eres Hijo de los lobos. Eres Romulo. Eres Remulo. Tu madre es Roma, siempre lo será. Tu padre es el coliseo, es la espada, es la grandeza de tus triunfos. – Se detuvo, no había duda en ella cuando lo decía de esa forma. - Y tu hermano mayor fue el Heroe de Roma, Octavius Juliai, primero de su nombre. Tu hermana menor, se llama Lydia Juliai tercera de su nombre, princesa de Roma. - Lo miraba con fortalece, si Vergilius no sabía quien era se lo recordaría en ese preciso momento. - No te olvides nunca de quién eres Vergilius, porque de seguro el mundo no se olvidará. Ármate en ello y nunca podrá ser usado para herirte. Has de ello tu mayor fortaleza, pues cuando un hombre olvida quien realmente es… es cuando su honor desaparece y la oscuridad abraza su alma. Tú eres Vergilius Juliai, primero de tu nombre, y si lo quisieras podrías tomar el nombre de tu padre y ser Vergilius Augustus Ceasar Juliai. Alguien debe tomar las riendas de Roma o todo por lo cual nuestros padres y abuelos y todos nuestros antepasados lucharon… se volverá polvo, sangre y fuego.

Soltó sus manos y las llevó a su pecho, aun apretaba el anillo de Vergilius contra éste. Era la forma de tener cerca la promesa que se habían hecho la noche antes de que su primo se fuese a Germania.

- Yo también te amo, Vergilius… - Decirlo la sonrojaba. – De verdad lo hago. Pero así como tú tomaste tu espada hace tres años, y decidiste que era tu deber marchar para proteger a Roma contra la invasión Germana… es mí turno de marchar e intentar proteger a mi familia. Tengo que encontrar a Fye de cualquier forma… tengo que hacerlo. Debo irme… pero cuando vuelva, me gustaría volver a la Roma que amo, y no a sus cenizas. – Lo miró con dureza. - ¿Dejarás que nuestra madre y padre, Roma, caiga? O…¿Te levantarás como el hijo de tu padre y ocuparás su lugar? - No se refería a que su padre fuese o no el fallecido Emperador. - ¿Serás el príncipe en que el pueblo de Roma encuentre su salvación, o dejarás que se desangre?

La vida de todo hombre se resumía en momentos decisivos. Vergilius acababa de tropezar con uno de ellos.
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Mensaje por Vergilius Vie Oct 21, 2011 6:34 pm

Vergilius era una persona discreta, callada y siempre metida en sus asuntos. No solía ser alguien que interviniese en la vida de los demás, puesto que tampoco le gustaba que interviniesen en la suya.

Sólo existían dos excepciones a esta regla, siendo una de ellas sus superiores en las fuerzas romanas mientras iba ascendiendo de rango. No por ser el hijo del César podía pasar por encima de los capitanes, tenientes, generales y todos aquellos estrategas de nivel avanzado – técnicamente sí podía hacerlo, pero su honor le decía otra cosa, que lo mejor era respetarlos y venerarlos -. Por lo tanto escuchaba y atendía sus opiniones y consejos con atención y el debido respeto que se merecían, aprendiendo de su voz de la experiencia y tomando en cuenta todo lo que sus vivencias le podían aportar. Después de todo era el futuro del ejército romano al morir su hermano, estaba en sus obligaciones trabajar día tras día para ser mejor. Y la única forma de serlo además de entrenar y adquirir experiencia en combate, era estudiar y analizar los consejos de todos aquellos que llevaban más años y glorias que él afirmando una espada en una mano, un escudo en la otra, y todo el peso de las vidas de cientos y cientos de centuriones romanos por sobre sus hombros. En otras palabras, se educó constantemente con los antiguos militares y altos mandos de Roma.

No obstante no sólo era capaz de sacar enseñanzas de ellos, y fue una lección que justamente aprendió cuando era un niño. Simplemente existían cosas que sus maestros no eran capaces de saber, y precisamente una de ellas, eran el método para vencer a las hordas bárbaras que parecían estar fuera de toda lógica militar convencional.

Después de escuchar las palabras de Sophia, fue tranquilizándose a medida que contemplaba como su rostro, voz y movimientos, volvían a recuperar la alegría y felicidad que tanto le caracterizaban. Para él existían personas que estaban destinadas a ciertas cosas, y a otras no. Por supuesto una mujer como ella no podía estar triste ni sentir pena; para una mujer con un corazón tan bondadoso y amante de todo tipo de vida, el sufrir por dichas sensaciones era prácticamente un delito de la vida. Era injusto, en pocas palabras.

De pronto comenzó a reír, no muy fuerte, pero sí bastante claro y relajado. Ella era la única que tenía la habilidad para sacarlo de su seriedad, aún en los momentos más impensados. El ver cómo se preocupaba por todos los detalles sobre como ser una mujer romana, simplemente le había hecho gracia.

He visto tantas estrellas perder su brillo, que me apenaba la posibilidad de que tú pudieras ser una de ellas... – Declaró mientras su propia respiración volvía a ser más normal; verla mejor y con un carácter tan aprueba de fuego a pesar de su aparente fragilidad física, le animaba y fortificaba. – Me alegra ver que no me equivoqué al creer en ti, tú siempre vas a brillar.

Giró su rostro para contemplar la ventana y ver los paisajes que ofrecía el patio de la villa. Nunca tuvo muchas opciones de permanecer ahí una vez que los padres de Sophia habían muerto, pero a pesar de los contratiempos, guardaba buenos recuerdos de esos prados. Uno de los más intachables era observar encima de su cabello a través de la ventana de Sophia, con o sin el conocimiento de esta última, ocultándose de los ojos vigilantes en las sombras de la noche. Se le daba bien andar por ahí sin ser detectado.

Je… - Sonrió de la nada, mientras sus ojos se perdían en la luz del sol por varios segundos, para después volver a estar presentes en la habitación. – Prefiero la luz de la luna y las estrellas… estuve tanto tiempo en el norte, que hasta olvidaba lo que era ver el sol y sentir sus rayos golpeándome en el rostro. – Volvió su cara a Sophia mirándole con despreocupación y sobretodo, cariño. Tal vez sus facciones no estaban diseñadas para tener el mismo aspecto radiante y expresivo que ella al sonreír, pero sus intenciones bien podían calificarse como las mismas. – En el norte el sol es muy deseado… ¿Sabes por qué? – Posó una mano en la mejilla de Sophia, y le acarició el rostro. – Esto es una caricia aquí, en Roma. Allá… es una forma de sobrevivir, al menos para los extranjeros. Lo sé, suena raro… pero lo que te quiero decir es que… hace mucho, mucho frío. – En ningún momento quitó su mano, aunque si desvió de nuevo sus ojos.

Nunca he tenido el tiempo para contarte sobre mi vida allá en el norte…- Comentó con cierto cuidado y un poco de seriedad, entendiendo que las últimas palabras de Sophia habían sido formales y por lo tanto, requerían una respuesta idónea. – Hay tanto que quiero contarte, que creo es un buen momento para comenzar…

Respiró profundamente y la soltó, para después acercarse un poco más a la ventana.

Vencer a los bárbaros no es fácil, Sophia. ¿Los conoces? Seguramente viste algún prisionero por allí. Bueno, te diré que ellos no son nada, comparado a lo que pueden llegar a ser en libertad. Son… todo lo malo que te puedan haber enseñado cuando pequeña. Son verdaderos animales en cuerpos de humanos, aunque tampoco es que sean parecidos a nosotros. – Su voz poco a poco iba tomando más cuerpo y consistencia, demostrando que a pesar del dolor, el ver a su prima ¿feliz? Lo había tranquilizado. – Así que… si pensabas que me podía enamorar de una germana, puedes estar tranquila. Nunca podría atraerme una mujer con más barba que yo… - Agregó con cierta gracia. Todo el mundo sabía que si algo no hacía él, era bromear. Sin embargo la pequeña Juliai podía jactarse de ser la única en escucharle bromas, así fuesen malas. – Y de todas formas, sólo tengo ojos para ti.

Volvió su vista una vez más hacia ella y sonrió. Más de una vez pensó en que los bárbaros eran demasiado salvajes, crueles y peligrosos. Ver como trataban a sus propias mujeres y niños, le daban un cierto conocimiento del cómo tratarían a sus prisioneros. El simple hecho de evitar que sujetos tan bestias como ellos estuviesen cerca de asomar sus narices en Roma, lo motivaba. Especialmente si recordaba que en Roma estaba su prima. Posteriormente cerró sus ojos.

Sin embargo se puede tratar con ellos, siguen siendo personas. En cierta ocasión me tocó el honor de entrevistarme con un jefe de horda germánico, un tipo que si imaginas a un oso, podrás darte una idea de cómo era. Alto, fornido, peludo y gruñón.


Lo que le estaba contando correspondía a uno de sus movimientos para entender a los bárbaros, y así lograr crear métodos y estrategias más eficaces en la batalla. Hasta entonces contaban con un registro negativo de muertes, perdiendo una cantidad de soldados diaria que bien podría haber alarmado a Sophia. Por lo mismo, evitó el mencionar datos que pudiesen hacerla sentir triste. Sabía que por muy fuerte que ella se mostrase, seguía queriendo y respetando a cada romano que caminase adentro o fuera de las murallas del Imperio.

En un principio no quiso hablar, entenderás que si existe una persona no grata para los bárbaros, esa seguramente debo ser yo. Deben repudiarme en el norte tanto como tus hermanos… - Agregó sólo para que pudiese formarse un juicio. – No obstante y después de mucho esfuerzo, logré que me comentase cuál era el secreto detrás de la forma de actuar y comportarse de los bárbaros…

Abrió sus ojos y la miró con mucha intensidad a los suyos. Era la clásica mirada que ponía Vergilius cuando decía algo que le había calado profundo en su persona.

Libertad Sophia. Ellos no siguen esquemas, reglas, nada… ellos sólo aman ser libres y luchar, comer, y otras cosas más… - Era de mala educación el siquiera insinuar vicios frente a una dama romana, por lo que consumir alcohol y tener relaciones esporádicas y muchas veces a la fuerza, era otro detalle que no le comentaría del norte a su prima. – Por eso es que no podíamos descifrar sus estrategias, simplemente no las poseen. Ellos sólo siguen sus instintos… y son felices así. Desde entonces intenté disminuir los prisioneros o al menos darles un trato más digno, después de todo, yo era la persona que les quitaba su felicidad portando mi espada. Y si de algo sé… es acerca de tener lejos lo que te hace feliz. – Dijo haciendo una clara alusión a que estando tan distanciado de su prima, había sido infeliz. - Lo sé muy bien, así que pude ser piadoso con ellos. Lo suficiente como mi rango me lo permitía… cosas de guerra.

De pronto supuso que quizás para ella era extraño que le contase todo eso, por lo que decidió ir de una vez y por todas a su punto. Para su suerte, su prima muy lista por lo que entendería a que se refería. Suspiró y comenzó a hablar de nuevo.

Lo que te quiero decir es que… cada persona tiene derecho a elegir y ser libre, Sophia. Al menos cada cual puede tomar una decisión, siempre y cuando no atente contra el Imperio romano. – A pesar de todo seguía siendo un general y por tanto, su patriotismo salía prácticamente por inercia de vez en cuando en sus comentarios. – Tu hermano tomó su elección, igual que lo hicieron Octavius y Lydia. No creas que no entiendo por lo que estás pasando, puesto que sí lo hago… el Palacio se ve muy vacío, ni siquiera está Diva para fastidiar. Sólo abundan senadores, sirvientes… pero yo no tengo esa capacidad que tú tienes para iluminar el lugar en donde estés. Soy un fantasma errante… si no estoy en la guerra, ni estoy contigo, soy simplemente un fantasma.

Posó una de sus manos en su cabellera y acarició su cabeza, de la misma forma que lo había hecho tantas veces anteriormente. Desconocía que efecto provocaba eso en su prima, aunque nunca le había pedido que quitase sus dedos de encima. A él simplemente le relajaba e hipnotizaba hacer ello, como si fuese una especie de pasatiempo el hacerle cariño en sus brillantes y finos cabellos.

Yo no he hecho más que tú por Roma, ni por nuestras familias. Ambos ya hemos hecho demasiado, a su modo por supuesto. Tú cuidando de tu familia durante toda tu vida, negándote a conocer lo que es la libertad. Y yo, arriesgando mi vida día tras día, lamentándome por estar lejos de ti. ¿Te parece que el espíritu romano es ese, Sophia? ¿El encerrar al águila dorada e impedirle su vuelo?.

La otra excepción a la regla y por paliza, justamente era su prima. Ella podía hablarle de todo a Vergilius, e inmiscuirse en sus asuntos, salvo quizás en temas de guerra puesto que de allí no conocía demasiado. No obstante era una persona muy culta en otros ámbitos, siempre aconsejándole adecuadamente y tendiéndole una mano de sabiduría cuando la duda era fuerte en el hijo del César. Gran parte de su carácter a la hora de tomar decisiones y comandar tropas, justamente se lo debía a ella, y a la forma en que siempre lo animaba a tomar su caballo, su espada y salir a recorrer el mundo en defensa de Roma. Podría decirse que Vergilius ponía el cuerpo y la espada, pero el espíritu corría por cuenta de su prima. Su espíritu guerrero, su espíritu aventurero y más importancia todavía, su espíritu decidido.

Cada romano tiene algo del águila, y eso lo sabes muy bien. Ni siquiera yo con el título del Emperador, sería capaz de impedir el vuelo de todos nuestros seres queridos. Ya ninguno es un niño, todos están en busca de su destino… de lo que les ilumine y haga feliz. Por ti sería capaz de enviar soldados a todo el mundo, para traer a todos de vuelta y reunirlos… pero si se marcharon… ¿Crees que ello les haría feliz? ¿Qué te hace pensar que querrían venir o… quedarse, o simplemente ser molestados?.

Ya no era simplemente su primo quien estaba hablando, por supuesto que no. Desde hace rato quien había tomado la palabra era Vergilius el máximo general y líder de todas las legiones romanas. El hombre que había sido capaz de igualar fuerzas con el temido invierno del norte, y las criaturas que allí habitaban.

Siempre que salía a relucir dicha personalidad que adoptaba para dar discursos o simplemente actuar y razonar en el campo de batalla, sus ojos se volvían más profundos, su rostro más serio y su postura se volvía más erguida. Naturalmente todo ello lo acompañaba con cierto grado de indiferencia y un poco de hostilidad – que sin embargo, no le impedía guardar la calma - ; no obstante por tratarse de su amada prima, toda la hostilidad estaba ausente. Y además, se sumaba cierto grado de fraternidad en su tonalidad. Era el grado de apego y entendimiento que sólo podía transmitirle un hombre a una mujer, cuando sus sentimientos por ella llegaban a un punto bastante alto.

Todo el mundo busca su felicidad, y lo sé porque lo he visto en personas que ni siquiera son de nuestra nación. Cuando alguien marcha, es porque tomó su decisión y no somos nadie para impedírselos…; a Octavius lo traje de vuelta porque así lo quiso él, los germanos lo habían obligado a quedarse allá. Pero ahora… yo no puedo ir a buscarlo, porque ha partido de Roma… y todos los que parten desde acá, sin ser soldados en servicio, es porque decidieron volar más lejos del águila que nosotros. Quizás vuelvan… quizás no. Lo único que puedo pedir es que estén bien, donde sea que estén. Las puertas de Roma nunca se le cerrarán a ningún romano, de eso puedes estar segura.

Un poco de melancolía volvió a su voz aunque no por ello esta dejó de ser contundente. Pensó tanto en sus familiares como en sus amigos, y por supuesto, dentro de este último grupo se encontraban sus camaradas de guerra. Habían sido miles con los que había partido, y más de la mitad sabía que jamás podrían volver, por mucho que lo hubiesen deseado. Ya no tenían vida para volver de regreso.

Soy un soldado Sophia, no te imaginas cuántas personas, incluyendo queridas, he visto partir contra sus propios deseos. Ya ninguno tiene la opción de volver… y aunque me duele, no puedo hacer nada por ellos, más que honrar su memoria. Y así como es injusto y un crimen impedir volver a alguien… creo que también es injusto hacerlo volver si no lo desea, o impedirles marchar. Es por eso, que no puedo ir tras nadie… ni Lydia, ni Octavius, ni la gran cantidad de amigos soldados esparcidos por ahí… todos tomaron su decisión, y debo respetarla.

Se acercó a ella y le tomó ambas manos. Comprendía muy bien el sentimiento de ver partir a seres queridos, ambos ya lo habían sufrido con sus padres, Octavius, y una gran cantidad de sirvientes de los que se hacían amigos. Al menos en esta ocasión, podían estar tranquilos de que esas personas se mantenían con vida. No era un gran consuelo, pero por lo menos era mejor que pensar en la muerte. Le sorprendía a Vergilius el lazo tan fuerte e inseparable que parecía tener con el deceso de la vida.

Nuestros antepasados tomaron sus decisiones, nuestros padres las suyas, también nuestros hermanos, y prácticamente toda Roma lo ha hecho… y es hora de tomar la mía. - Guardó silencio, en el que la miró totalmente decidido. – He servido por bastantes años ya, dejando de lado mi tranquilidad, bienestar, felicidad…a ti. He arriesgado más de lo que cualquier otro romano ha arriesgado, y no lo digo por mi vida, sino por la situación de espera constante en la que te he hecho permanecer. Agradezco a nuestros antepasados que no te hayas fijado en ningún otro hombre…

Suavemente le acarició las manos y aunque su mirada era fría y decidida, típica del Vergilius general, sus ojos y gestos eran más habituales en su otra parte, la que estaba reservada sólo para ella: El Vergilius de verdad, aquel que sólo pensaba en ella mientras contemplaba al cielo en las noches. Era un hombre de dos caras, la que veía el mundo y la que veía Sophia, y por mucho tiempo le había tocado permanecer en la primera, aún cuando no era del todo su deseo, y por ende, le causaba dolor todo aquello. Pero ya no más, las palabras de su prima, sus vivencias, y la experiencia le decían que era el momento de empezar a hacer prevalecer sus deseos, al menos por primera vez en su vida.

Mi decisión es que quiero permanecer a tu lado, no quiero volver a perderte. Tal vez te suene egoísta… pero como te dije, ya ambos hemos sacrificado demasiado por otros. Aprecio mucho a Roma, sus tierras y todo lo que significa… pero a quien le debo mi vida es a ti, no a Roma. Ni siquiera el ser el máximo general, o el emperador… podrían ser más importantes o hacerme más feliz, de lo que podría serlo estando contigo…

Sin soltar sus manos, mantuvo su vista fija en sus ojos, mostrando que estaba totalmente claro con sus palabras y no le estaba mintiendo, ni nada por el estilo. Después de todo, había pasado una vida entera guardando y aplazando sus deseos, soportando el alejamiento al que las personas y las circunstancias constantemente lo sometían. Ya fuesen sus propios padres, sus hermanos, el deber de familia o el de la guerra, Vergilius no recordaba siquiera el poder haber pasado el tiempo suficiente con Sophia. Siempre eran momentos cortos, generalmente escondidos o apurados, sin dejar de pensar en los otros y en sus deberes. Sólo cuando sus miradas se conectaban, y sus palabras eran dichas al unísono, o sus caricias compartidas, o sus juegos cuando niños, podía decir que estaban felices. O en palabras más simples, reconocía que sólo junto a ella, sin importar lo que estuviesen haciendo, había conocido lo que era la felicidad.

Esa es mi verdad, esa es mi decisión… y es lo que quiero para ser feliz, Sophia. Siempre he bajado la cabeza y actuado por sueños de otros o por sus deseos… soportando que mi padre, o los generales, o tu hermano, o los invasores, o cualquier persona… me hayan mantenido alejada de ti, haciendo prevalecer su voluntad. Pero ya no más… ya hemos crecido, y con todo lo que ha pasado, sé que lo que quiero es permanecer a tu lado.

Tenía la sensación de que si permitía que sus caminos volviesen a separarse, nunca más la volvería a ver. El mundo estaba muy raro, incluso en Roma, y podía oler de alguna manera el peligro y los deseos de hasta los mismos dioses de separarlos. Pero estaba dispuesto a pelear contra ello, les plantaría la cara como el guerrero que era, a quien fuese, sin importarle nombre ni procedencia, ni tampoco sus objetivos. Era una guerra particular que estaba dispuesto a comenzar, y no la iba a perder por nada del mundo, puesto que era la más importante de su existencia hasta entonces.

Era la lucha contra todo y contra todos para por una maldita vez estar con quien quería estar.

Además… si no pudiste maquillarte como las viejas damas de Roma… ¿Crees que serías capaz de soportar todos los arreglos de una Emperatriz? Porque algo está claro… si yo soy el nuevo Emperador, quiero que tú me ayudes con Roma y seas mi Emperatriz. Y si tengo que asumir el poder y crear una ley que te obligue a estar a mi lado, puedes apostar que estoy dispuesto a hacerlo, futura Emperatriz Sophia.

Claramente lo último que había dicho era medio cierto y medio broma. Nunca la obligaría a hacer nada, aunque sin embargo, la amaba y su deseo era el de estar con ella. Y si se daba el caso de ascender al trono real, claramente iba a ser ella quien tomase el mando de todo lo que implicaba ser una Emperatriz.

Aunque si quieres mi opinión… no necesitas moscas en el rostro para gustarme, y de hecho te agradecería mucho que las mantuvieses alejadas de tu linda cara. Tú me atraes tal y cual eres, tu personalidad y tu belleza… lo demás, no importa.

Le sonrió y la miró fijamente. Desconocía qué podía estar pasando por su cabeza en ese minuto, aunque pretendía averiguarlo en breve.

No dejaré que Roma se desangre, en caso de que en verdad me llegue a necesitar. Pero antes que nada, tú estás primero. No te perderé de nuevo, ya fue suficiente de separarnos por los demás. ¿Recuerdas todo lo que me dijiste en las montañas? No te pude responder entonces… y casi te pierdo por culpa de ello.

Estaba siendo lo más honesto que podía. En ese minuto no le importaba el dolor en su interior, ni los problemas, ni nada. En su cabeza y en su convicción sólo existía un único deseo, el cual no dejaba para nada oculto dentro de su cabeza. Junto sus manos entre las suyas, procurando tratarlas con suavidad.

Quiero compensarte, quiero verte feliz, no quiero perderte... busquemos nuestro hogar juntos, Sophia. Después de tantos años separados, dame la oportunidad de hacerte feliz. De que juntos, por fin... podamos ser felices.


Sus últimas palabras eran el fiel reflejo de su sentir: Era capaz de todo, incluso de tomar el cargo si efectivamente Roma lo necesitaba. No obstante, él necesitaba a Sophia y sabía que ella a él también. Tenían todavía mucho que hablar y realizar, y si se distanciaban, nada de eso sería posible.

El silencio se había hecho de nuevo, Vergilius se mantuvo quieto y firme.

Vergilius
Vergilius
Dios/a
Dios/a

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