Saint Seiya Ancient Chronicles
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Mensaje por Vergilius Sáb Nov 19, 2011 1:12 am

Galopaba con toda la velocidad que podía atravesando el denso bosque que rodeaba las cercanías de la ciudad de Roma. No es que le gustase tener que alejarse de esa forma, pero dadas las circunstancias de la situación, no tenía otra manera de proteger a Sophia si no sacándola del camino de Solomon y de toda la corrupción que abundaba en la capital de su amado país. Ya luego regresaría y arreglaría los asuntos pendientes con toda la gente que debía, especialmente dos personas…

Octavius… y Solomon… ¿Qué podrá querer mi hermano con ese sujeto? ¿Acaso querrá quitarle el titulo? Tsk…


El tener que dejar la ciudad en ese estado tampoco es que le facilitase la vida. Por un lado deseaba sólo estar con ella, verla bien y feliz… pero, no podía permanecer indiferente con todo lo que estaba pasando en Roma. Era demasiado evidente que las cosas no iban bien, y sentía que una parte de él tenía la responsabilidad de estar allí y detener a Solomon. Aunque a esas alturas dudaba seriamente si sólo él implicaba un peligro para la nación, y quizás, existía más gente que deseaba tomarse el Imperio o porque no, verlo caer y arder en llamas. Era el problema con poseer enemigos tanto dentro como fuera de las murallas.

Pero por ahora tengo algo mucho más importante que atender… es cierto, Roma es importante por mis ancestros, mi familia, mi honor…

Sus pensamientos se detuvieron cuando bajó de reojo la vista y observó el rostro de Sophia, todavía perdida en el mundo de los sueños al que Solomon le había enviado. A pesar de que su expresión era seria e inquebrantable, siempre que la miraba sus ojos se suavizaban y hasta tendía a sonreír sin abrir los labios, con cariño, algo que no realizaba en presencia de nadie ni para nadie. Por supuesto, otra de las aristas que determinaban que para con ella poseía un trato especial e inquebrantable.

Seguía preocupado por ella, puesto que ya llevaban muchas horas cabalgando y se preguntaba en qué estado estaría. A veces paraba para acomodarla, darle de beber un poco de agua y acariciarle el rostro, pero nada más que eso. Desconocía si incluso Solomon podría haber enviado soldados a detenerles, o alguna de las otras ratas que infestaban las tierras del Imperio más grande de la tierra. No es que tuviese miedo de pelear con nadie, pero sabía muy bien que no podría luchar con toda su atención si además debía procurar mantener a salvo el cuerpo de su prima. Lo mejor en ese caso era el anonimato, cabalgar lo más rápido y llegar a Grecia cuanto antes. Una parte de él le hacía sentir que allí estaba el lugar para ella, lejos de las malas influencias que por ahora amenazaban con destruir y hacer caer en desgracia a todos los que llegasen a la capital.

No me importa dejar Roma por ti… a esa ciudad me unen muchas cosas, pero lo que me une a ti es más fuerte que todo lo demás…


Le hablaba con un tono suave y fraternal, como si en verdad creyera que dentro de sus sueños ella lo estaba escuchando. No sabía si aquello podía ser cierto, pero quería creer en que efectivamente una parte de ella seguía a su lado, oyendo sus suplicas, palabras, y acompañándolo en uno de los momentos más duros de su vida.

Eres lo único que me da fuerzas para seguir… por favor, despierta….

Continuó andando sobre su corcel con la vista nuevamente al frente, luego de haber observado por varios segundos la hermosa cara de Sophia. Nunca se cansaba de mirarle, y habría deseado poder acariciarle o cuidarla de mejor manera, pero el tiempo apremiaba y tenía que cubrir una larga ruta todavía.

----------------------- Al anochecer --------------------------------------------

Sophia yacía recostada sobre parte del lomo del caballo, que a su vez, poseía las sedas que había traído Vergilius para utilizarlas como una cama improvisada en la cual pudiese descansar su prima. Estaba bien tapada y con una fogata relativamente cerca, procurando otorgarle el suficiente calor como para evitar que se resfriase o algo por el estilo. Lo que menos deseaba el joven proveniente de Hispania era que algo más le ocurriese a la mujer más importante que tenía.

Por su parte él se encontraba sentado sobre una roca, al otro lado de la fogata y con su espada cerca de su cuerpo. El cabalgar por tantas horas, parando sólo para hidratar a Sophia y acomodarla eran un esfuerzo que, dado el hecho que hace días no dormía bien, parecía tenerlo bastante extenuado. Las ojeras en su rostro eran la más clara señal de que su cuerpo estaba gastando energías que por supuesto no tenía.

No obstante sabía tampoco podía rendirse. Se había juramentado protegerla y no le importaba que esfuerzos pudiese implicar aquello. Si debía estar sin dormir correctamente por varias horas, lo estaría, todo con tal de asegurar que ella permaneciese bien y vigilada constantemente. Por suerte su caballo era un aliado importante en dicha tarea, despertándole cada vez que cabeceaba producto de que el sueño le vencía.

El terreno estaba despejado, puesto que lo había revisado bien antes de acampar en él. No era de la clase de tipos que necesitasen acampar, pero supuso que al cuerpo de Sophia no le haría bien permanecer tanto tiempo sobre el lomo de su caballo en movimiento, por muy bien cuidada que la llevase. Por lo mismo había decidido descansar, aprovechar de buscar agua y cortar unas frutas. Un par de bandoleros intentaron asaltarle mientras no estaba atento, pero los repelió sin sufrir mayores problemas. Después de todo seguía culpándose por lo sucedido, manteniendo el carácter terrible con todo aquel que no fuese la mujer que ahora miraba dormir con la luz del fuego iluminando su rostro.

A diferencia de antes estaba callado, limitándose a observarla dormir mientras que los búhos y grillos cantaban a su alrededor. Su rostro era serio, más no indiferente. Era evidente que estaba preocupado y no podía – ni había necesidad, para su suerte- de ocultarlo. Seguía creyendo en ella, pero el miedo de no verla abrir los ojos jamás seguía latente en su interior. Trataba de no pensar en ello, pero contaba las horas y era simplemente imposible evitar no hacerlo…

¿Eh?


Una suave brisa movió los cabellos de su corcel y las mantas de Sophia, por lo que se levantó a cuestas y lentamente, se dirigió al lugar donde yacían acostados sus acompañantes.

Gracias por acompañarme muchacho… no podría hacer esto solo.

Sus palabras eran para su caballo, al que acariciaba suavemente. Era su fiel compañero de batallas e inquebrantable aliado desde que era un joven. Lo había encontrado herido en un prado y fue precisamente junto a Sophia que se dedicaron a cuidarlo, a pesar de que todos les habían dicho que era un caballo de poca monta y para lo único que serviría era para proveer de carne dura a los gladiadores. No obstante ninguno de los dos estuvo dispuesto a permitirlo, por lo que el equino mostraba un evidente sentimiento de aprecio tanto para su jinete como para la mujer que alguna vez había poseído cabellos rojizos.

Se arrodilló cerca de ella y la cubrió de nuevo. Le tranquilizaba pensar en que en dichos sueños ella estaba feliz, ajena a todo lo que pasaba en el mundo terrenal y libre del dolor que sus parientes pudieran provocarle. Pero a pesar de ello, no podía concebir que fuese un destino justo permanecer ajena a la realidad. Sabía que a ella no le gustaría estar así, por lo que tenía que conseguir despertarla, sin importarle el método a utilizar. La miró por varios segundos, perdiéndose en sus facciones… para después pasar su dedo lentamente por su mejilla, preguntándose qué estaría soñando en ese minuto.

Soy un egoísta, tratando de traerte de vuelta de tu sueño a un mundo lleno de sufrimiento…
- Se sentía impotente, no sólo porque no había podido evitar la situación romana, sino porque sabía que si Sophia despertaba iba a sufrir por lo ocurrido. Y aquello sería justamente su culpa.

Siempre has sufrido por mi culpa…; al principio me reía de ti por ser una niña llorona… ; después cuando no quería salir del palacio por lo de Octavius…; siempre te metía en problemas con tu hermano mayor…; ni hablar de cuando comencé a asistir a las primeras batallas…; o las ocasiones en las que me veías herido, sangrando y con vendajes…; o el día que te informé que debía irme por mucho tiempo, a las mismas tierras donde mi hermano y la mejor legión habían caído… recuerdo el miedo y el dolor en tus ojos… el mismo que tenías en las montañas… o poco antes de que pasara… todo esto….

De pronto y sin previo aviso, todas las emociones que estaba viviendo produjeron que el joven general se quebrase lentamente, aunque fue capaz de contener las lágrimas. No podía creer como a pesar de querer protegerla y hacerla feliz, probablemente era el sujeto que más daño le había hecho de todos. No podía perdonarse el saber que por su culpa ella había estado mal… y en ese momento, que no había sido capaz de defenderla de Solomon…

Perdóname… por favor Sophia… perdóname por todo el daño que te he hecho… lo siento mucho…. tal vez los que querían alejarnos tenían razón, y no debí acercarme a ti… lo siento… lo siento mucho…


Era una de las peores sensaciones que podía sentir un hombre: la culpa. Y más todavía cuando se sabía, al menos según él, responsable de todas las calamidades que atormentaban al ángel que ahora descansaba frente a sus ojos.

Fue entonces que en medio de todo, la abrazó con fuerza.

Te protegeré… por favor despierta… y te protegeré por siempre… haré lo que quieras…

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Mensaje por Sophia Miér Nov 23, 2011 12:24 pm

En el mundo donde se encontraba no había dolor, no había hambre, ni sed. No habían guerras, ni muertes... solo un increible estado de paz.

Sophia caminaba por dicho mundo, sin un rumbo fijo, sin saber a donde debía ir. No existían Gelum ni Fye en su cabeza, ni la idea de haber amado a un hombre durante toda su vida sólo para ver como su corazón se deshacía sobre sus manos.

No, en el mundo en que Solomon envió a Sophia Juliai no existía pena, pero tampoco existía la alegría. Estaba destinada a vagar sin recuerdos ni deseos por los paramos cubiertos en pastizales tan altos que llegaban a sus rodillas.

Fue en medio de esos pastizales que vio a un niño acercarsele. Su cabello era plateado y sus ojos de un turqueza tan hermoso como el mar. No estaba solo, un hombre alto y magnifico lo acompañaba, su cabello rubio era completamente distinto al del niño, pero sus facciones eran parecidas. Más atras, caminaba un hombre apuesto de caballera negra y lacia que caía sobre sus hombros, junto a un hombre curtido y grande, definido para la guerra mas que para cualquier otra cosa.

Sophia los miró desde la distancia mientras su cabello se mecía de un lado a otro... era rojo, era lo mas rojo que había visto, pero cambiaba, se apagaba en un rosa extraño para ella.

... Despierta Sophia...

... Por favor despierta...

... Hermana... despierta... vuelve a mí...


Pero Sophia Juliai quien siempre había sido sumisa y tranquila en vida, demasiado alegre para su propio bien, les dio la espalda y siguió caminando. No sabía quienes eran. Ya no existían en su mundo preocupaciones de ningun tipo. Era un ente que seguía vivo en aquel mundo de sueños pero que había perdido completamente su impetú por pelear, ni si quiera si consistía en pelear por su propia vida.

Sus pies descalzos encontraron el suave arrullo de algo que parecía arena. El paramo quedaba atras de ella junto con los fantasmas de su pasado, presente y futuro. No sentía nada en ese estado del sueño, era una muerta viviente en ese lugar... hasta que sus pies se encontraron con la suave espuma del mar.

Sigue caminando Sophia... ven conmigo.


Y obedeció, guiada al mar como si se tratara de su unica salvación.

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Mensaje por Vergilius Dom Nov 27, 2011 1:23 pm

La noche había sido relativamente tranquila, aunque no podía estar seguro de cuánto, pues no pudo evitar quedarse dormido en determinado momento, cuando sus fuerzas mermaron y el silencio fue absoluto. Para su suerte, nada pasó mientras su conciencia estaba fuera de si mismo y gracias a su caballo, pudo levantarse antes que amaneciera y preparar todo para partir antes que el Sol asomase y diera inicio – oficialmente – a otros día más.

El proceso en sí no era demasiado complejo, más sí trabajoso. Tenía que verificar que ella estuviese en un buen estado y luego, acomodar todo para posarla una vez más por sobre su caballo. Dado que no quería cabalgar aún, decidió ir a pie mientras su equino le seguía por los distintos rumbos del bosque. Aún poseía un poco de provisiones para alimentarse, pero todos sabían que existía algo más vital que la comida para el cuerpo humano.

Agua. Tiene que haber un río por alguna parte.


Y no sólo él necesitaba beber agua, sino que también su prima – a la que le había dado toda la de su cantimplora, dejándose para él mismo apenas y unas gotas – y por supuesto su caballo, que aunque no se quejaba, sólo hacía falta verle para entender que el duro tramo que habían recorrido – y el que se les avecinaba – hacía obligatorio encontrar una fuente de rehidratación para ambos. Era la única forma que tenía para recuperar energías y emprender el camino sin ningún tipo de obstáculo.

Justo en ese minuto vino a él el recuerdo de su hermano, Octavius. Se preguntaba para qué podría querer a Solomon, qué hubiese pasado en esa reunión y qué le habría hecho en caso de sentirse atacado por su primo. ¿Lo habría puesto a dormir, igual que a Sophia?, ciertamente lo dudaba, puesto que no podía imaginarse a su hermano durmiendo tan placidamente y en paz como ahora permanecía la de cabellos rojizos, o que alguna vez los había tenido así.

¿Alguna vez su hermano había tenido paz? Siempre lo recordaba peleando, discutiendo, peleando, mofándose, peleando, corriendo de aquí para allá, limitándose a descansar sólo lo necesario. Tampoco es que tuviese demasiados recuerdos acerca de la vida de Octavius, puesto que si bien era correcto su mente cada tanto le traía vivencias, se había “muerto” cuando Vergilius era aún muy joven y por lo tanto, sin la capacidad de ver a su similar de sangre – aunque técnicamente no lo fuera – como una figura humana y de hermandad, más allá del héroe romano que todos le profesaban. Y es que pensándolo detenidamente, entre los dos más que existir una hermandad, lo que predominaba era una conexión paternal –ante la falta de su verdadero padre, para Vergilius - o de alumno y maestro. Roles que posteriormente tomaron el Emperador – como originalmente debió haber sido – y Breda junto a Noah, sus dos generales más cercanos y capacitados. ¿Pero relación de hermanos, como tal?... muy escasa, si quería ser honesto consigo mismo.

Seguro que tú sabes más de hermanos que yo.
– Le dijo a Sophia mientras la posaba sobre el césped, a las orillas de un río y mientras su caballo bebía agua. – Siempre los proteges y cuidas, a pesar de… todo.

Levantó el rostro y miró al cielo, serio y pensativo, buscando respuestas a miles de preguntas que no encontraban solución.
Quizás debí cuidar mejor de él y de Lydia al volver a Roma… - Tampoco se había olvidado de su hermana menor, de la que en ese minuto sí que no sabía nada. ¿Estaría bien? ¿Le habría pasado algo? Odiaba demasiado a Diva, quizás… más de lo necesario. Y si algo le habían dicho todos sus seres queridos, es que el odio nunca le llevaría a ninguna parte. Por mucho que así lo creyera, y vaya que sí había odiado Vergilius en su vida.

Pero esos son sólo supuestos… tal vez… cuando te vea despertar, pueda pedirte un consejo.
– Se volteó a mirarle el rostro, acercándose para darle un poco de agua que previamente había sacado con su cantimplora. – Aunque dudo que alguno de los dos me acepte… especialmente si supieran que no soy su hermano.

Para los dos había estado ausente, dejándolos sin protección cuando más le necesitaban. Y más encima, resultaba que no poseía la misma sangre real que ellos… ¿Cómo podía esperar aceptación de su parte?. Si lo odiaban, estaba seguro que hacían bien en hacerlo. Incluso a pesar que él sentía aprecio por ambos…

Pensando en ellos y viéndote a ti… pensando en Roma y en mis difuntos padres… cada día me convenzo más que no sé cuidar lo que aprecio.


Acomodó a Sophia en su caballo y antes de subirse, volvió al río y miró fijamente su rostro en el agua. Estaba más pálido y demacrado de lo que podía recordar, y ni la luz de los primeros rayos del Sol asomándose por el horizonte le propinaba mayor vida a su rostro.

Tía Lucy… madre… ¿Está ella contigo?.

Siempre que veía su apariencia, pensaba en el hecho de que no se parecía en nada ni a su padre, ni a Octavius, y apenas y un poco a Lydia. Ni hablar de sus demás parientes, siendo todos rubios, o de pelo claro o rojizo, con ojos azules y verdes al por mayor. Muy distintos a Vergilius, que sólo encontraba parecido en dos de sus parientes: Su tía y su madre, que aunque tampoco poseía su sangre, entendía que al menos sí compartían la nacionalidad. Le hubiese gustado saber más de su tía, y entender mejor porqué había llamado a Hades en aquel episodio tan borroso y desconcertante, donde la vio vestida de manera extraña… fuera de si misma.

Hispania…Lucy… si no estás con madre, espero que estés allá… sana y salva…

La lista de parientes a los que sentía les había fallado sumaba y seguía. Sus padres, hermanos, primos, hermanos de batalla, de ciudad, de país… o países.

Debo cuidar a Sophia hasta que despierte, no importa lo que pase. No puedo volver a fallarle… no a ella.


Se arrodilló y puso una de sus manos, en forma de puño, cerca de su frente. Cerró sus ojos y se dispuso a rezar a su antepasado más preciado.

Madre… dame la fuerza para protegerla… para despertarla… para verla sonreír de nuevo… tú que cuidaste a todos hasta el día de tu muerte, te lo pido, no como general, sino que como tu hijo adoptivo… y cuida también de mis hermanos. Te necesitan más que yo… después de todo, son tus hijos de sangre…


Se quedó en silencio por varios minutos, hasta que después se levantó en silencio y se subió a su caballo.

Es en este tipo de ocasiones cuando más te necesito… por favor, despierta…

La marcha había comenzado de nuevo, el tiempo seguía avanzando y les faltaba camino por recorrer. No importaba lo que pasase, daría su vida por proteger a Sophia y llevarla sana y salva a Grecia. Roma y los demás seguían en su interior, pero ella seguía siendo más importante todavía. Debía ser fuerte.
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Mensaje por Sophia Dom Dic 04, 2011 12:26 am


De pronto Sophia dio un largo y suave suspiro, como si el aire que apenas estaba ingresando en sus pulmones finalmente encontrara su camino. Lentamente abrió los párpados y se asustó muchisimo al no saber porque se movía y que estaba haciendo ahí. ¿Por qué no estaba en su cama? ¿Por qué no estaba dentro de un hogar?

Lo natural cuando alguien despierte es que se encuentre con las cosas con que se pretegen cuando se van al mundo de los sueños, ya sea su manta, su cabezera, su objeto de protección, un algo que le recordaba la calidez de su familia. Pero Sophia no encontró nada de aquello cuando miró hacia adelante, sólo el camino.

- ¿Donde... dónde estoy? - Preguntó aún confundida y un poco asustada. -¿Quien ...?

No recordaba mucho, sólo...

- Gelum... ¿Dónde esta Gelum? - Sintió un horrible dolor en su pecho. No lo veía, no lo sentía, no lo tenía cerca. Su pequeño hermano, el amor de su vida, el niño que había compartido todo con ella desde los juegos hasta sus penas. - ¿Quien?...

Quería preguntar, ¿Quien eres? Pero las palabras se le atragantaban en la garganta. A penas pasaron unos segundos para que volviera a estar plenamente conciente cuando abrió fuertemente los ojos y miró las manos el brazo que la sujetaba por la cintura. Conocía esas manos a la perfección.

- Vergilius, ¿Qué ha pasado? ¿Donde me llevas? ¿Dónde esta Gelum?

Sentía angustía. Algo le había ocurrido que no podía explicar. Estaba apuntando la espada de Vergilius hacia Solomon y el sin miedo se había traspasado el pecho con ella, las manos de Sophia habían temblado y todo se volvió negro. Era lo último que recordaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas al recordarlo, ver la forma en que su primo mayor, Solomon, quien siempre había sido un verdadero hombre de honor, quien la había cuidado y querido toda su vida, la trataba con el mayor de los desprecios, le causaba angustia más allá del o que podía entender. Pero no era sólo eso... si no que la incertidumbre de lo que había ocurrido con él la mataba.

- ¿Solomón... lo maté, no? Estamos huyendo porque mate a Solomon... ¿Es eso?
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Mensaje por Sophia Sáb Dic 10, 2011 9:29 pm


No hubo respuesta. Lamentablemente Sophia se lo imaginó. Si Solomon estaba muerto entonces eso significaba que era su culpa y Vergilius estaría involucrando con una asesina de su propia sangre, lo más bajo de lo bajo, lo más vil de lo vil. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sin pensarlo dos veces supo lo que tenía que hacer.

- Date la vuelta y vete a Roma. Te amo demasiado como para ver que te hundes conmigo en esto. Debo encontrar a Fye... - Le dijo, saltando del caballo, tropezando al caer.

No podía seguir dependiendo de todos a su alrededor, menos ahora que su honor estaba manchado por la indignidad del asesinato. Salió del camino antes de Vergilius pudiese si quiera darse la vuelta y al ver la quebrada en el camino, simplemente se dejó caer por el barranco inclinado en 45º grados, pasando entre arbustos, zarzamoras y demases.

Cuando dejó de girar y el mundo volvió a estar quieto, se dio cuenta que sobre ella estaba un espeso y frondoroso bosque. Vergilius no la podría ver desde arriba de la quebrada y un caballo no podría pasar por los arbustos que había, no con esa pendiente. Se sintió aliviada. A pesar de que la caida le había dolido, no era un dolor tan grande como el que sentía por tener que dejarlo atras. Pero iba siendo hora que hiciera algo por si misma, algo que debía... desaparecer de la vida de ellos. Si era cierto lo de Solomon, hasta el mismo Gelum estaba en peligro. Roma estaba ahora prohibido para Sophia.

<< ¿Dónde ir? ¿Dónde esta Fye? >>

Caminó por los arboles, no había un sendero fijo. Pero eso era mejor que depender nuevamente para que Vergilius la sacara de un problema a costa de el mismo.

Apretó la cadena en forma de estrella que tenía en su cuello con la firma convicción que si el momento llegaba se volverían a ver y estarían, esta vez, juntos por siempre.




OFF:
Decon se que estas con el tema de la Psu pero no puedo seguir esperando 1 semana por un post. Lo siento. Hay que avanzar en el rol x.x
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Mensaje por Vergilius Dom Dic 18, 2011 12:48 am

Todo había ocurrido muy rápido. Quizás…demasiado. No quería asustar a Sophia con las últimas palabras de Solomon, ni mucho menos forzarla a pensar en cosas complicadas en ese minuto. No lo creyó correcto, suponiendo que estaba débil y confundida. Sabía que si respondía, habría dado lugar a una conversación innecesaria en ese minuto, en que lo único que importaba era ponerla a salvo, lejos de Solomon, Roma y de todos los que pudieran hacerle daño.

Y de paso… si en verdad iba a ser feliz en Grecia, entonces ya no tenía caso para ella seguirse lamentando por lo que ocurría en Roma. Aquello sólo le traería más dolor, vergüenza y angustia a su ya desdichado corazón. Vergilius no podía tolerar eso, ni mucho menos causarlo. Ya habría tiempo para aclararlo todo y despejar sus dudas, una vez que se asegurase de que ella estuviera sana y salva, sin posibilidad alguna de ser alcanzada por las garras de la guerra, la traición… y la muerte.

Su boca se mantuvo cerrada y no respondió, pensando en que la naturaleza tranquila de su prima la haría volver a dormir mientras continuaban viajando. Era lo más sensato que podía hacer, ya que a los ojos del hijo del difunto Emperador, no tenía para qué preguntarse ese tipo de cosas en un minuto como ése… mal que mal, por fin había despertado.

Lo sabía… sabía que serías fuerte.


A pesar de que no expresó su felicidad, producto de estar totalmente concentrado en el viaje que se les avecinaba, Vergilius sentía como su alma se tranquilizaba al mismo tiempo que un millón de sensaciones venían a su cuerpo. Le costó mantener el ritmo de las riendas de su caballo, más todavía por la enorme velocidad que llevaban.

No era para menos. Desde que Sophia había caído en su letargo en los brazos de Morfeo, los segundos en la vida de Vergilius se habían transformado en horas; los minutos, en días; las horas en meses; y los días de espera le pareció un año de eternidad que amenazaba con nunca acabar. En su vida se creía preparado para todo, pero en su interior, para lo único que un guerrero como él nunca habría estado preparado era para verla sufrir o recibir daño, por lo que presenciar que cerraba sus ojos y amenazaba con no abrirlos nunca más….

No debo pensar en eso. Es mi responsabilidad ponerla a salvo. Todo estará bien.

Quería creer en sus pensamientos. Quería creer que ya una vez que llegasen a Grecia, la ubicaría en un lugar seguro y donde nadie podría volver a hacerla sufrir de esa manera, ni siquiera él mismo. Era el único deseo que tenía en ese instante, el salvaguardar la vida y felicidad de su prima, alejada de todos los problemas que azotaban a su nación de acogida. En su cabeza no tenía espacio ni lugar para un pensamiento diferente que no fuese cuidar a Sophia, para ninguno más. La clara convicción y seriedad en su rostro, concentrados en cabalgar lo más rápido posible, eran la mejor prueba de ello. Sus ojos eran la mayor representación de decisión que podía mostrar el de cabellos negros.

Entonces fue que todo su cuerpo quedó helado, y en un instante, sólo con la fuerza de su instinto dio vuelta a su caballo… sólo para contemplar como no había nada atrás de su persona.

No…

Sus ojos se abrieron de par en par mientras saltaba desesperadamente del caballo y corría hasta la quebrada, dirección en la que, de un momento a otro y sin previo aviso, su prima había decidido lanzarse y con ello, actuar de una forma totalmente distinta a la que conocía el de los cabellos negro azabache. Un acto imposible de anticipar… con repercusiones que no sabía si quería imaginar.

No…..


Movía su cabeza de un lado para otro, buscando y buscando, sólo para ver lo mismo por todos lados. Árboles, hierba y más árboles… era lo único que le ofrecía el enorme bosque, sin dejarle ver con claridad por dónde había caído Sophia. Percibió como sus manos comenzaron a temblar ante la incertidumbre, y por segunda vez en la vida, se sintió totalmente indefenso ante el mundo entero, desnudo por completo ante su voluntad, sin comprender qué es lo que debía hacer.

Era por supuesto el despertar de algo que nunca antes había vivido de esa manera, con una intensidad tan aberrante y abrumadora: miedo. En sus ojos, en su boca, en su cuerpo o donde sea que se le mirase, el resultado sería el mismo. Estaba convertido en un joven inmóvil y desesperado, mirando por una enorme quebrada mientras el miedo, irónicamente, lo lanzaba por una quebrada hacía la incertidumbre a nivel mental y de espíritu.

Se miró sus manos por un minuto, y pudo ver como por mucho que se esforzase, era incapaz de cerrar o abrir sus dedos. Y no sólo eso: sus pies no funcionaban; sus piernas temblaban; sus ojos no le permitían observar nada útil, y ni siquiera su boca era capaz de articular alguna palabra. Estaba totalmente consumido por el miedo… el miedo no saber qué demonios había ocurrido con su prima.

No…...

¿Dónde estaba? ¿Por dónde se había lanzado? ¿Por qué lo había hecho? Preguntas, preguntas y más preguntas. Su boca se mantenía abierta a la vez que se obligaba a moverse para tratar de mirar qué rumbo era ahora el que debía seguir. ¿Estaría bien? ¿Necesitaría ayuda? ¿O…?

No………¡¡No puedo esperar más!!!

Se inclinó para saltar por el barranco en la ruta que él creía correcta, pero cuando ya sus pies tomaban impulso, fue que sintió un poderoso apretón en su brazo seguido de ardor y algo más. Se volteó, y pudo ver como su caballo le mordía con fuerza su extremidad, quizás tratando de impedir que cometiese una locura apresurada.

¡Suéltame!
– Le gritó tratando de liberarse, aunque sólo conseguía que lo apretara con más fuerza y por ello, la sangre comenzase a emerger por debajo de sus ropajes. - ¡¡ Suéltame maldita sea!!

El forcejeo fue fuerte, pero por mucho que lo intentó no fue capaz de liberarse del agarre de su imponente caballo. Estuvo así por varios minutos, en los que le ordenó y gritó una y otra vez de manera incansable y furiosa, dejando escapar un poco de todo el sentimiento de frustración que inundaba su alma en aquel momento.

No me obligues a hacer esto…
- Comentó de forma seria pero claramente alterada, a la vez que con su brazo libre desenfundaba su espada y con ello, buscaba la última alternativa para zafarse del agarre al que era sometido. Iba a ir tras su prima, y no permitiría que nadie se lo impidiese.

El corcel simplemente lo miró a los ojos, sin hacer caso a la advertencia de su amo, por lo que todo indicaba que no le dejaba otra alternativa más a Vergilius.

Lo siento….


Y fue ahí, justo cuando giraba su muñeca para efectuar un movimiento de corte directo en la frente, que su respiración se detuvo y vio en el caballo la misma mirada de dolor… la misma que Sophia había visto en él en aquel día que lo encontraron, moribundo y sediento, además de con múltiples heridas de consideración. Entonces fue que suspiró y recordó con más exactitud, en medio de su agonía, las palabras que ella le había dicho…

“¿Por qué los animales deben sufrir por las peleas de los hombres? Es tan injusto…”

Se quedó estático, su cabeza estaba totalmente perdida en los recuerdos de aquella tarde hacía muchos años…

“No me gusta ver sufrir a los seres vivos… menos a los animales, no tienen la culpa de nada.”


Dudaba de hacer su movimiento… ¿Y cómo no hacerlo? Si de todas las palabras que le escuchó en ese paseo, las más importantes venían a su mente en ese segundo…

“¿Me prometes que lo cuidarás?”


Cayó de rodillas, y fue ahí que su equino lo soltó y pudo liberarse de su mordida. Aunque la verdad, ya no importaba. La desesperación de no saber donde estaba ella, había dado paso a una profunda desazón, motivada en gran medida porque todos sus recuerdos junto a su prima volaban por su cabeza, un otras otro… y así, se daba cuenta de cómo había estado a punto de romperle otra promesa. Una más…

Le fallé…
- Dijo mientras le daba un puñetazo al suelo, marcando todos sus nudillos en la dura y fría tierra bajo su piel. - …es mi culpa… - Volvió a hacerlo otra vez, sin importarle que golpear el suelo con esa fuerza, claramente le provocaría graves daños. -…prometí que la cuidaría y no lo hice….

Golpeó tantas veces el suelo, que en cuestión de segundos ya tenía toda la mano bañada en sangre, pero no le importaba. El sólo pensar que podría estar… el sólo recordar cuales habían sido sus últimas palabras para él…

¿Quieres sabes si está bien? Puedo ayudarte… con una condición.
- De pronto, la voz de Hades emergió una vez más en su cabeza.

No puedes ignorarme, puedo sentir tu dolor y desesperación… soy una parte de ti, después de todo.


¿Qué… qué quieres… Hades?.
– Preguntó de forma suplicante, sin siquiera tener fuerzas para oponerse.

Sabes lo que deseo. ¿Aceptas?

Yo…
- Dudó un segundo, previniendo que podía ser un engaño más por parte del ente que habitaba en su interior.

Je… de cualquier modo te lo diré, me gusta verte sufrir…

……


Las ansías carcomían por completo sus nervios. Sabía que ese demonio en su interior podía sentir las cosas aunque estuviesen muy lejos, puesto que justamente él le había advertido del peligro que Sophia corrió en dicha ocasión junto a Solomon. Le gustase o no a Vergilius, era la única forma que tenía de saber la verdad.

Por alguna razón, su corazón palpitó con fuerza… le ardía dentro de su pecho, mucho más de lo que podía soportar un ser humano. ¿El motivo? No quería aventurar un pronóstico… aunque ese “me gusta verte sufrir” algo le quería decir…

Está muerta. Su presencia desapareció del bosque, puede que su cuerpo esté por ahí… pero sin vida. La caída de esa chiquilla fue mortal.



¡¡¡HAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH!!!

Gritó mientras levantaba su espada y con unos ojos poseídos por el odio y la rabia, enterraba con muchísima fuerza el arma de filo gris y negro en medio del acantilado por donde supuestamente se había lanzado…

Justo en el momento del impacto, miles de rayos de energía púrpura emergieron desde el cielo, cayendo en su espada con una fuerza totalmente atroz y que, de manera inexplicable, no había causado daños en Vergilius. Por otro lado, ráfagas de fuego negro salidas de la nada lo cubrieron hasta la altura de su cuello, aunque sólo por un pequeño instante. A su vez, toda su humanidad fue rodeada por los mismos rayos de energía, mientras que su voz se oscurecía un poco más. Todo acompañado por el incesante temblor de la tierra… y un extraño cambio de color en su piel. Mucho más pálida… como si su propia vida le estuviese siendo arrebatada de la forma más dolorosa y cruel posible.

Sophia… tengo que encontrarte…

Desenterró su espada y sin decir nada, comenzó a caminar como si no tuviese un rumbo fijo, seguido por su caballo. No sabía por qué lugar empezar ni nada… pero sólo tenía una cosa clara.

Tenía que dar con ella, costase lo que le costase. No creería que estaba muerta, no creería en las palabras de Hades. No hasta que viera con sus propios ojos su cuerpo…
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